Ministerio de Educación: ¿Y la salud mental de nuestros hijos? imagen

La injusta realidad a la que está sometida la educación privada del país. Esta semana amanecimos el lunes con una…

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La injusta realidad a la que está sometida la educación privada del país.

Esta semana amanecimos el lunes con una terrible noticia, debido a una arbitraria decisión del Ministerio de Educación, los colegios a los que se les había permitido abrir en semáforo anaranjado, no podrán abrir hasta que el semáforo esté en amarillo. Algo que con la velocidad actual del programa de vacunación y las estadísticas nacionales, no se espera hasta probablemente el próximo año. Una disposición tomada sin ningún aviso, sin ninguna premeditación de las consecuencias y más importante, sin ningún cambio real en contagios a nivel escolar que la respalde. 

Mi nombre es Ximena, soy psicóloga de secundaria del Colegio Waldorf de Guatemala y he vivido en carne propia las secuelas que el encierro ha tenido en niños y adolescentes. Después de un año sumamente difícil para el nivel educativo general en Guatemala y especialmente para la salud emocional de la población, el Colegio Waldorf de Guatemala fue uno de los primeros en abrir sus puertas al ciclo escolar 2021 por el privilegio de estar en el municipio de Fraijanes, que inició el año en anaranjado. Esto fue posible gracias a el aprendizaje de países vecinos que poco a poco iban regresando a clases. Un estudio en específico de Wisconsin realizado en más de 5,000 personas demostró que en realidad el contagio dentro del ambiente escolar fue casi nulo.

Por otro lado, la Organización Mundial de la Salud ha demostrado que, según estudios, menos de 8% de los casos reportados de COVID19 son niños y adolescentes. Toda esta información fue corroborada durante los primeros 3 meses de regreso a modalidad presencial-híbrida, pues a pesar de tener escasos contagios en una población estudiantil de aproximadamente 500 niños y adolescentes (<8), no existió ningún contagio dentro del colegio que afectara a los compañeros de clase de los casos positivos, por los protocolos establecidos. Es decir, todos los casos fueron contenidos y no se vio afectado ningún miembro estudiantil o del personal académico. Razón por la cuál, bajo las mismas condiciones, pues el semáforo continúa en anaranjado, hago las siguientes preguntas: ¿Tendrá sentido modificar el Acuerdo Ministerial de Salud 300-2020? ¿Qué sentido tendrá perjudicar a la población emocionalmente más vulnerable y físicamente menos vulnerable, teniendo en cuenta que las playas, bares y centros de entretenimiento continúan abiertos? ¿Habrá algún motivo ulterior?

Por estudios y por mi trabajo en la clínica, estaba consciente de la factura emocional que iban a tener los estudiantes al volver, pero nunca me imaginé la magnitud del impacto hasta vivirlo en carne propia. Varios científicos y psicólogos a nivel mundial afirmaron que el aumento de los niveles de ansiedad y depresión en niños y en adolescentes debido al confinamiento por la pandemia era motivo de preocupación a nivel internacional. Luego de pasar prácticamente un año en condiciones de encierro y sin poder socializar con sus pares, lo que vi al regresar al colegio fue más alarmante de lo que me decían los estudios. Como departamento de orientación, se tuvo que implementar y fortalecer la respuesta de emergencia ante situaciones de ideación suicida, pues el porcentaje de niños y adolescentes con depresión y comportamientos autodestructivos o ideas suicidas era alarmantemente alto. Poco a poco, se fue trabajando en los pocos meses que tuvimos la oportunidad de brindarle de nuevo a estos menores un sentimiento de seguridad, estabilidad y redes sociales significativas a quienes acudir cuando aparecían estas ideas. A nivel general, la mayoría de la población estudiantil manifestó tener indicios de ansiedad, problemas para dormir y dificultad para concentrarse por largos períodos de tiempo. Dificultades que solamente se empezaban a manifestar después de tanto tiempo de encierro y relaciones sociales de forma virtual. Esto sin mencionar las graves implicaciones a nivel cerebral de la exposición prolongada a las pantallas, que han sido estudiadas durante la última década. Como dice Melody Beattie – “Ninguna relación a través de las redes puede sustituir la presencia y lo cálido de tenernos cara a cara”.

Hoy como profesional, me preocupo profundamente por los estudiantes que sé que están en riesgo profundo de quitarse la vida ante una decisión arbitraria, tomada por personas que no conocen las implicaciones psicológicas reales que las nuevas disposiciones acarrean. Que no están conscientes, que al estar en una etapa evolutiva en la que su corteza prefrontal continúa formándose, los adolescentes tienden a ser impulsivos y a no poder ver, como nosotros los adultos, una salida a largo plazo de lo que parece ser el peor momento de sus vidas. Que no saben la cantidad de niños que han perdido las ganas de vivir. Como persona, me manifiesto indignada ante dicha decisión y rechazo profundamente el cierre de clases presenciales.

Hoy, tuve que despedir a los niños, verlos llorar por la incertidumbre de no saber cuándo iban a volver a verse y no me queda más que alzar la voz por ellos, buscando que prevalezca el verdadero bienestar integral de los alumnos, tomando en cuenta que, por estudios a nivel mundial, el indiscutible riesgo lo corre su salud mental. Los niños y adolescentes no son población en riesgo en está pandemia, sino preguntémonos por qué son los últimos en el plan de vacunación. Señores del Ministerio Educativo, el peso de su decisión tiene repercusiones irreparables y por eso los invito a que salgan y vean la verdadera pandemia que ha contagiado a los menores de este país, la pandemia de enfermedades mentales, una pandemia que no tienen vacuna y seguirá atormentándonos por muchas generaciones sino la detenemos ahora.

¿Están dispuestos a cargar con ese peso?

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