Siete meses para que te atiendan en el IGSS; menos mal solo era una emergencia imagen

Una paciente del IGSS narra las horas de vida que perdió esperando para que le salven la vida.

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Una paciente del IGSS narra las horas de vida que perdió esperando para que le salven la vida.

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15 de junio de 2016

Son las 4:30 de la mañana y, en lugar de estar en mi casa durmiendo como Dios manda, estoy aquí haciendo cola. Sí, ya saben, para que me atiendan en el IGSS.

Ayer también vine, pero una hora más tarde, a las 5:30. Fueron 3 horas de mi vida desperdiciadas, a las 8:30 nos avisaron que ya no había números para ser atendidos.

Hoy estoy acá de nuevo, intentando ser de las primeras 100 personas. Lo consigo. Soy la número 60, no quiero imaginar a qué hora vino el primero de la fila.

Mi nombre es Karen, tengo 28 años y odio decirlo, pero soy una enferma profesional. Ojalá fuera una broma, pero gracias a que padezco de Hipotiroidismo enfermo con bastante regularidad.



Las colas afuera del IGSS empiezan desde mucho las 4:00 am, a veces antes.

Antes de continuar, por favor no me malinterpreten, a nadie le gusta estar enfermo. Sentirme cansada, débil, mareada y a veces con náusea son algunas de las cosas con las que he aprendido a lidiar frecuentemente. Lo peor son los desmayos.

Durante mi espera descubro una pequeña economía que no sabía que existía en la madrugada. Hay gente que vende panes, café y atol, también los que cuidan carros. Alguien me comentó que en los bancos de sangre no falta quien ofrezca una donación a cambio de un precio.

A las 8 de la mañana paso a ventanilla, revisan mi papelería, todo está en orden. Puedo esperar a que me atiendan. La mañana se hace interminable. Esperaba salir al mediodía, pero es más de una la tarde y aún estoy esperando. Por fin el cielo se apiada de mí, escucho mi nombre y agradezco que el calvario haya terminado. Pasan las 2 de la tarde.

Me diagnosticaron hace cerca de tres años, pero mi enfermedad empezó mucho antes, cuando era adolescente. El diagnóstico fue solo un pequeño alivio. Eso sin mencionar el haber gastado una pequeña fortuna en cuidar mi salud, el Hipotiroidismo no es lo único de lo que tengo que preocuparme. Una serie de complicaciones resultado de este trastorno hace que los doctores se las vean difíciles al momento de darme tratamiento.



Hacer cola no garantiza que reciban el medicamento recetado.

No me sobra el dinero. Soy alguien normal, una chica de clase media, alguien que parece que trabaja solo para pagar las cuentas del hospital.

Cuando por fin me atienden no es un doctor sino una enfermera, quien parece no terminar de entender que no es algo que tenga que ver con mi período, sino con las complicaciones del Hipotiroidismo.

La enfermera me remite a ginecología. Son otras 2 horas de espera. Si contamos con que vine a las 4:30 de la mañana, he esperado casi 12 horas. Entiendo que hay que ser paciente, pero todo ese tiempo me sentí mal, solo quería que me atendiera un doctor, comprar mi medicina e irme a mi casa.

Tengo suerte de trabajar en un call center, y digo suerte porque han sido pacientes conmigo y con mi enfermedad. Después de más de 7 ausencias en un año, aun con un nota del médico es suficiente para que te despidan de cualquier trabajo.

Claro, todo tiene un límite. Este año me pidieron que mis constancias médicas debían ser por medio del IGSS y no de clínicas privadas.

Nunca había usado el IGSS. Nunca hasta este año, a pesar de haber pagado mis cuotas desde 2006.

Nuevamente dicen mi nombre, pero parece que mi espera de 12 horas fue una pérdida de tiempo: “Le vamos a dar cita para el 17 de octubre”, me dice la enfermera del área de ginecología.

No voy a esperar 3 meses sintiéndome mal. Al salir del IGSS, le aviso a mi supervisor que voy camino a un hospital privado.

“Hay que ingresarla”, me dice la enfermera mientras toma mis signos vitales.

Paso tres días hospitalizada. Me hacen una docena de exámenes. Son cerca de Q11 mil, que se pagan con mi bono 14 y buena parte de mi sueldo. Mis padres me ayudan a pagar lo que falta.

17 de octubre

3 meses, 90 días de sentirme mal, gastar mucho dinero y esperar que “por fin” la cuota mensual que pago en el IGSS sirva de algo.

Además de la hospitalización he gastado en medicinas y certificados médicos. Estuve suspendida, pero las facturas no se pagan solas. Solo quiero que me den un tratamiento para poder ir al trabajo sin miedo a desmayarme a media mañana.

La cita es a las 12; una hora antes ya estoy esperando mi consulta. Faltan 15 minutos cuando le pregunto a la enfermera por la doctora. La enfermera se toma un momento para revisar mi nombre, mi cita y quién es la doctora que debería revisarme.

“La doctora está de vacaciones”, me responde después de un par de revisiones.

“Yo tengo cita para hoy, me dieron esta fecha, esta hora. ¿Es la única doctora que puede atenderme?”. Pregunto a la enfermera intentando no gritarle.



La falta de organización interna hace que los pacientes sean reprogramados sin previo aviso.

“Podemos reprogramar una nueva cita”, me dice mientras revisa sus archivos. Ya esperé 3 meses, me desconsuela pensar que tendré que esperar otra semana.

“Puedo dársela para febrero. Lo siento, no puede ser antes”.

Es demasiado, he pagado mes a mes mis cuotas del IGSS, como para que cuando necesito el servicio tenga que estar de madrugada y de pie haciendo fila, sintiéndome mal. Y ahora, después de 3 meses de espera, me faltan otros 4 meses porque alguien no fue capaz de coordinar bien mi consulta con las vacaciones de la doctora.

No voy a esperar a que mi salud empeore, tampoco tengo dinero para seguir gastando en hospitales privados.

“Necesito hablar con la persona a cargo”, le pido a la enfermera, con el poco control que me queda.

El doctor Moncada me atiende. Si no estoy mal, es el jefe de la Consulta Externa durante ese turno.

El doctor me ayuda a reprogramar la cita una vez más, esta vez para el día siguiente.

18 de octubre

Me atendieron, ¡por fin! Un papanicolau y un ultrasonido pélvico fueron parte de los exámenes que me realizaron.

Puedo decir que mi historia termina bien, pero no puedo decir lo mismo de todas las personas que hacen fila todos los días y que tienen que soportar esos errores del sistema.

No voy a culpar ni a los doctores ni a las enfermeras, ellos hacen su trabajo con recursos limitados. Pero sí sé, como lo saben todos, que mucho más arriba el IGSS no es manejado de la mejor manera. Quizá para los altos mandos el mal servicio solo se trate de números y estadísticas, pero para nosotros, los que hacemos fila a las 4:30 de la mañana, se trata de nuestras vidas.

Relato escrito por:

Hugo de la Rosa

*Esta sección contiene material enviado por los lectores y se publica con el fin de dar un espacio libre a las historias que merecen ser contadas. La redacción de Relato.gt no se responsabiliza de su contenido.

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