Se necesita remodelar un aula para niños con capacidades diferentes imagen

Démosle una mano a los que ayudan. El hogar Marina Guirola Leal necesita adecuar una habitación para que niños con capacidades diferentes practiquen computación y otras disciplinas.

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“Él es guapo”, le dice Luz a su educadora Marielos Arroyo mientras le apunta con su dedo índice derecho. Tras una sonrisa y una breve pausa, ella, la niña dulce de cabellos lisos y anteojos termina la oración: “me gusta”. Se refiere a uno de los visitantes del hogar Marina Guirola Leal, un centro para niños con capacidades diferentes que está a cargo de tres religiosas de la congregación Misioneras hijas de San Geronimo Emiliani y que atiende a 21 niños en situación de orfandad y abandono.

Son las cuatro de la tarde de un sábado de octubre y la veintena de niños se alistan para cenar. Ellos requieren de una atención multidisciplinaria especial pues tiene diferentes necesidades y trastornos como: autismo, parálisis cerebral, síndrome de down, hidrocefalia y fibromartosis.

Marielos tiene algunos meses de compartir con los niños, hace su práctica profesional como estudiante de último año de Educación de personas con necesidades especiales en la Universidad del Valle. Dentro de dos semanas terminará pero se niega a abandonar el hogar sin dejar su grano de arena.

“Queremos remozar un aula de aprendizaje, la que se utiliza para dar clases de computo. Hemos detectado que dada la cercanía con el patio y con el área de cocina, los niños se distraen demasiado y necesitamos enfocarnos en su aprendizaje”, expone.

De acuerdo a ella el nuevo salón debe contar con una puerta plegable, un escritorio y un pizarrón. Han determinado que la inversión necesaria es de Q8 mil, pero que están convencidos que los beneficios para los niños serán incalculables.

“Ya hemos conseguido una donación de pintura y un escritorio que se adapta a niños que están en silla de ruedas” comenta. Mientras tanto el padre y hermano de Marielos lucen entusiastas y fatigados en simultáneo, con brocha en mano y con ropa desgastada y sucia, avanzan con la pintada del salón.

“Es una bendición el poder ayudar”, dice Jorge Arroyo mientras le pide a su hijo, del mismo nombre, mover un pesado mueble para avanzar con su voluntariado. “A veces uno cree que viene ayudar, pero el ayudado es uno”, concluye.

Un hogar construido a base de amor

Sor Aracely Mencilla, directora del hogar, explica que todos los niños, comprendidos entre 12 y 32 años, tienen capacidades distintas y requieren de apoyos especiales para salir adelante. Indica que ellos han encontrado en el hogar su único y último refugio. “El más pequeño vino cuando tenía 6 meses, ahora tiene 32 años y sabemos que estará acá hasta el final de su vida”.

Son solamente tres religiosas y las rutinas de trabajo son extensas y rigurosas, pues implican: el aseo personal desde las 6 de la mañana, el desayuno una hora después, seguida de las diferentes terapias, hasta llegar a la cena que se hace a las 16 horas. “Hay niños que es muy difícil alimentar (tienen parálisis cerebral) y nos toma hasta dos horas hacerlo.




Entre las 18 y 19 horas los niños duermen y las religiosas toman fuerzas para iniciar con otra extenuante jornada. “Lo hacemos por amor a ellos y a Dios”.

La directora explica su labor con una anécdota atribuida a la Madre Teresa de Calcuta. “Ella se encontraba atendiendo y aseando a un paciente muy enfermo y llagado y un hombre le dijo: yo no haría eso ni por un millón de dólares y ella le respondió: yo tampoco”, dice entre risas.

La religiosa explica que se ayudan de convenios con universidades que les apoyan con fisioterapeutas, profesionales en educación especial y con profesionales en la medicina y psicología que ofrecen su trabajo ad honorem.

Sor Aracely cuenta que ellos viven de donaciones del día y a día. “Sobrevivimos gracias a donaciones, lo que siempre hace falta son pañales, medicinas y alimentos”.

Cuenta que cada mes inician desde cero pero que a Dios gracias nunca les ha faltado lo más elemental. “Hasta el momento todavía no nos han cortado la luz”, dice mientras suelta una carcajada.




De los niños del hogar solo tres tienen las condiciones de ir a un colegio y la gran mayoría necesita asistencia para comer y atender las necesidades más básicas. Corren las 4 con treinta y María ingiere sus alimentos al ritmo del reguetón, vira su cabeza y saluda. “Tiene discapacidad motora”, explica Marielos, quien afirma que es de las tres que acude a diario a estudiar.

Luz pase de nuevo y se despide, mientras bebe un néctar envasado. Es sábado y el número de visitantes y voluntarios es mayor que los que acuden entre semana. Marielos se resiste a despedirse de los niños, ha sido una carga emocional importante la convivencia con ellos, su promesa es: volver, aun cuando la práctica termine.

Si quiere ayudar con la rehabilitación del aula escribe al: [email protected] o llamar a Marielos al 56973225

Para apoyar al hogar con donaciones puede escribir al [email protected]

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