Relatos Migrantes: Entre fronteras y tierras de nadie (Capitulo 1) imagen

La historia de los hermanos Patzán y su recorrido hasta el río Suchiate que divide a Guatemala y México. El primer capítulo de la saga “Relatos Migrantes”, documentados por Juan Diego Godoy

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Este capítulo pertenece a la saga “Relatos Migrantes”, basados en hechos reales e información obtenida de diversos medios, entrevistas e investigaciones propias, pero con algunos nombres y fechas que han sido modificadas para resguardar la integridad de los protagonistas. Inmortalizadas por la pluma de Juan Diego Godoy para Relato. 

“Ustedes son nuestros vecinos y queremos que ustedes y sus naciones prosperen. Si quieren venir a Estados Unidos, por favor vengan, pero vengan legalmente; si no, no lo hagan” – Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos (28 de junio 2018).

Para cuando este mensaje sonaba en las radios del país y se imprimía en los periódicos de Guatemala, los hermanos Patzán ya estaban a varios kilómetros de su natal Chimaltenango, lejos de la vida que conocían y a punto de aventurarse a los desconocido. Pero sus padres si estaban escuchando la radio en ese momento y su madre estaba más nerviosa que ellos. “Fue lo mejor para los patojos”, la consolaba Arnulfo, su esposo, mientras ella con la mirada perdida buscaba entre las sombras de la habitación de madera alguna solución para prosperar sin separar a la familia. Afuera, jugando en el monte estaban las dos nenas, las últimas y más pequeñas del matrimonio que jugaban sin comprender. Jacinta, la mayor de los cinco hermanos, estaba de espaldas, contemplando el paisaje montañoso de un país que no había podido darle las mismas oportunidades que “el del norte”. Ella había querido marcharse, pero por ser mujer su padre no la había dejado. Para las migrantes, el peligro es tres veces peor. Se exponen a violaciones y abusos sin control, ya que en tierra de nadie, la ley no existe y los gritos se ahogan en el desierto. Además, había otra razón: estaba embarazada. La noticia la había dado su hermano, César (de 18 años), para evitar que ella los acompañara a el y a Ovidio (de 23 años) en el viaje. Lo había revelado para protegerla, pero ella se sentía traicionada. 

Y así, con ese panorama, se marcharon los hermanos Patzán sin saber si algún día regresarían y sin saber si algún día llegarían a donde les habían dicho. Pero tenían fe, al menos. Un amigo de Arnulfo que conocía bien las montañas, Herbert, acompañaba a César y a Ovidio. Había prometido a Arnulfo que los guiaría hasta la Ciudad de Tecún Uman, fronteriza con Ciudad Hidalgo, en México y que allí los entregaría con “el Coyote”, el responsable de guiarlos a través del territorio mexicano. Herbert había sido guerrillero de la ORPA y por eso conocía bien el relieve guatemalteco. 

Una semana después, los Patzán, Herbert y  tres escuintlecos que se les habían unido cuando pasaron por Cocales, llegaron a la frontera. Por el momento, lo único que los separaba de las tierras mexicanas era el Río Suchiate, conocido por nada más que por su ubicación estratégica entre ambos países y el poco – o nulo – control policial para los migrantes. Así este lugar se convierte en uno de los 704 puntos ciegos entre Guatemala y México detectados por el Consejo Nacional de Atención al Migrante de Guatemala, que son aprovechados por los emigrantes para penetrar en el país vecino.



Mapa que meustra frontera de Tecún Umán y recorrido hasta Arriaga, Chiapas. Mapa: Google

El grupo espera a que den las doce de la noche para cruzar. Lo harán en una balsa, que los locales llaman “cámaras”, que les cobra Q10 quetzales por persona para llegar a México. Un cubano que lleva ocho años viviendo allí y que por cuestiones de la vida aterrizó en ese “miserable” lugar, llega a alertar a los cinco que ya es hora de embarcarse cuando el reloj marca las 11:57. Sin mucho afecto, los Patzán se despiden de Herbert y con los escuintlecos se montan en la balsa que comparten con Gilberto, el balsero, y una cajas de cerveza. “Que no te sorprenda que adentro haya droga”, le dice uno de los escuintlecos a César en secreto, señalando las cajas. 

Ovidio va un poco nervioso. Recuerda que en septiembre del año pasado leyó en el periódico que dos hombres que se dedicaban al trasiego de verduras murieron ahogados al ser arrastrados por las corrientes del río. Si algún migrante experimentado pudiera leer los pensamientos de Ovidio, se reiría a carcajadas. “El Suchiate no es nada comparado a lo que viene”, les dice Gilberto cuando la camara toca tierra mexicana y sus pasajeros se bajan. A César lo invade la adrenalina. A Ovidio se le seca la garganta. Están en México. 



Las “camaras” del Río Suchiate. Fotografía: Prensa Libre

Allí los espera Leo, el Coyote – al que no le gusta que lo llamen así – que es un migrante experimentado que ha recorrido la ruta por México al menos unas 25 veces. Originario de El Progreso, Guatemala, Leo es un hombre de cuarenta y tantos años, musculoso y de baja estatura, que luce un bigote muy mariachi. Lo acompaña Zacarías, su sobrino, un muchacho ligero como una pluma, atlético que utiliza una gorra gris desteñida por el sol del árido desierto mexicano. 

Leo es el encargado de llevarlos a través de los 275 kms que dividen a la Ciudad Hidalgo y a Arriaga, al norte de Chiapas, siguiendo las vías de un tren que ya no existe desde 2005. Harán una parada rápida a La Casa del Migrante Albergue Belén, en Tapachula, que es uno de los más concurridos – pasan 6,000 migrantes al año aproximadamente – pese a estar situado a las afueras de la ciudad. 

Aunque no lo saben, ahora viene lo más difícil, porque solo quienes han pasado por allí saben que este camino es casi mortal. 

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