Relato de un entierro y lo que pasó después imagen

Cuando murió, su hija más pequeña fue la única que pudo despedirse de él horas después de su entierro. En Pinula juraron reencontrarse, en otros lares y con otra suerte. Historia real.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Santa Catarina Pinula. Finales de febrero. Él tenía una enfermedad que había negado compartir con su familia. Moría poco a poco, día a día y siempre lo había sabido. Miraba, desde aquel día que lo habían diagnosticado, con un rostro disfrazado en sonrisas a su esposa y a sus dos hijas mayores. Con la tercera, la menor, la dueña de su corazón enfermo, se le llenaban los ojos de lágrimas con cada gesto y cada mueca. No podía decirles que los dejaría. Prefería el factor sorpresa que la noticia sombría de su inminente muerte se apoderara de su casa, de su familia y de su aldea. Si lo contaba, su esposa haría lo imposible por llevarlo de médico en médico, gastándose lo poco que tenía ahorrado para dejarles a su familia cuando él faltara. No era necesario invertir tanto en aquel cuerpo tan dolido.

Así pasaron los cuatro meses que le habían dado. Las últimas semanas, su esposa lo interrogó sobre su salud. No negó sentirse mal, pero jamás admitió que padecía aquello que lo había estado matando desde hacía 120 días. Por eso, sus últimos momentos los pasó sentado en aquel viejo sillón rojo, que daba directamente con la puerta principal. Ahí leyó cuanto periódico pudo, quizás para despedirse de una vez por todas de cuanta noticia sensacionalista reproducía la tinta de aquel papel gris. También pensó mucho en su hija pequeña. Nuevamente, con cada recuerdo el corazón se le estrujaba. A los 15 años perdería a su padre.

Tierra y sorpresas 

El momento llegó de manera inesperada; una paradoja para quien llevaba más de cien días al acecho de la muerte. Fue estando en el sillón rojo, justo antes de que, como de costumbre, pudiera tomar el diario del día. Ahí su corazón hizo el esfuerzo por dar el último latido, sus pulmones se vaciaron y con la mirada clavada en una fotografía de sus tres hijas, aquel cuerpo maltrecho se despidió del alma del hombre.

El entierro fue toda una escena dramática. Fue una muerte que no fue anunciada. La rabia recorrió todo el cuerpo de su esposa cuando el médico llegó a darle el pésame. “Lo bueno es que pudieron prepararse con tiempo. Si desde hace meses que ya sabíamos esto…”. La expresión de la mujer interrumpió en seco al doctor, quien al entender que aquel había sido uno de los secretos mejores guardados del hombre, se retiró sin decir nada más. 

La hija menor observaba todo atónita. Se negaba a despegarse del ataúd café. No pudo contener el llanto cuando, tres metros bajo tierra, imaginó a su padre encerrado en aquella caja. El ruido de la tierra indecente golpeando la madera fue demasiado para su frágil corazón. Sus hermanas la abrazaban. De lejos, su madre contemplaba la escena. “¿Cómo pudiste? Y sin decirnos nada…”, pensaba, alegándole a su esposo y a aquel Dios que le había quitado a su mejor amigo. 

El sillón rojo

Regresaron las cuatro a casa, a eso de las seis. La viuda iba hasta atrás, viendo cómo sus tres hijas desfilaban frente a ella con la cabeza gacha y los pies cansados. La menor iba hasta adelante, notablemente adelantada de sus hermanas. Nadie había dicho ni una sola palabra. 




Naturalmente, fue la menor la que llegó a la casa de primero. Abrió la puerta negra de metal y entró. Diez segundos después, salió disparada a la calle con las manos en el rostro y las lágrimas escapando sin permiso de sus ojos rojos. 

Sus hermanas llegaron a su auxilio y su madre, quien tardó un poco más, preguntó que qué había sido aquello. “Lo vi, mamá. A papá. Ahí estaba, sentadito en su sillón rojo, con el diario en la mano y con la otra decía adiós. ¡Lo vi, mamá!”, se quejó quien era la favorita, los dos ojos, la consentida de su padre. Sus hermanas y su madre se miraron atónitas. 

Cuando entraron a la casa, un aire frío las envolvió en cuestión de segundos. Frente a ellas estaba el sillón rojo. Sentado no había nadie. Pero eso sí, el diario de ese día estaba abierto de par en par sobre la tela roja. Alguien lo había estado ojeando, como quien lee algo con prisa, pero de costumbre.  

“Ay, cabrón, al menos viniste a despedirte”, pensó la viuda, entre enojo, alegría, tristeza y nostalgia. Aquella noche, las tres durmieron juntas en la cama. La menor durmió en el sillón rojo y soñó que, acostada en el regazo de su padre, se despedían con una sonrisa indeleble, prometiendo encontrarse de nuevo en algún lugar lejos de Pinula.

*Historia real.  

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