En otras ocasiones he señalado la vulnerabilidad del arte guatemalteco y cómo el azar determina su futuro y presencia. No hace mucho, relato.gt me realizó unas preguntas sobre la Fuente de Carlos III debido a que un borrachito, de los que abundan, se encaramó en el monumento destruyendo algunos de sus elementos integrales. Como si se tratara de un mal chiste, una semana después, otro menguado repitió la acción. En ambos casos intervino la privación de las capacidades de los perpetradores por el intermedio de una sustancia etílica. Pero hay muchos otros ejemplos que se pueden citar. Entre ellos, la depredación intencionada de las esculturas de la sexta avenida son el culmen de las acciones que uno no se esperaría, se perpetraran en la destrucción del patrimonio de los guatemaltecos ¿hay alguien que dirige intencionalmente tales eventos? ¿Estamos condenados a no tener arte público?
Muchas voces se han alzado, ya por décadas, señalando el estado en el que se encuentra el mosaico veneciano de Carlos Mérida en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social. Esta joya del muralismo moderno es una pieza con dimensión latinoamericana por muchas razones, que es obvio, a nadie interesan. Si en un valor tan obvio la indiferencia llega hasta niveles alarmantes, es fácil imaginarse lo que pasa en las metrópolis de los muertos, donde a diario se depreda o destruye algo. Esto es producto de una indolencia muy particular que ha caracterizado a las autoridades responsables desde siempre.
Hay otros monumentos que han sido destruidos intencionalmente por vendettas políticas (que es lo que pareciera sucedió recientemente en el Paseo de la sexta con los jaguares y la escultura de José Toledo). El Teatro Colón (1859-1923) fue utilizado como cantera por la administración del presidente Carlos Herrera y demolido por la de José María Orellana. El Monumento a Minerva, dinamitado por la administración de Jacobo Árbenz. También están las obras que no llegaron a realizarse, entre ellas, los murales censurados de Efraín Recinos. Claro que la obra debió considerarse peligrosa por su contenido y lo que ella evidenciaba del sistema de justicia guatemalteco. La inquina fue tal que hasta las formaletas para fundir en cemento desaparecieron “forzadamente” entre 1979 y 1980.
En la Democracia Escuintla se encuentra una joyita de museo arqueológico. Tan humilde como el Ministerio a cargo puede mantenerlo (sin luz, teléfono y sin director, entre infinidad de carencias). Funcionando a base de voluntad, la institución custodia precariamente una de las colecciones de arte visual más importantes de la pintura nacional. Se trata de una serie de planchas desmontables, con intenciones murales, que narran historias prehispánicas y cuyo valor estético es incalculable. El autor, Guillermo Grajeda Mena, una de las figuras preponderantes del arte del siglo XX. Las artes escénicas también padecen su propio calvario ¿seguimos listando o por fin tomamos acciones? Despertemos.
Piezas de Guillermo Grajeda Mena. Fotos Cortesía de Juan Carlos Mencos
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