No estés triste: la psicología del sufrimiento imagen

Lo importante que es dejar la tristeza salir en momentos difíciles.

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El último fin de semana fue uno en el que Guatemala y el mundo vio mucho sufrimiento, muerte y dolor. Observar un poco cómo reaccionamos ante estas situaciones como seres humanos me hizo pensar…

En el famoso “no estés triste”, la forma en la que no podemos lidiar con el dolor ajeno porque nos causa angustia y queremos apagarlo, lo poco acostumbrados que estamos a la tristeza. Una de las psicólogas que más admiro, una vez le dijo a una paciente en una terapia grupal que su depresión luego de la muerte de su marido era lo más natural y adaptativo del mundo, pues la tristeza es un proceso normal ante una pérdida, algo que no es patológico ni considerado objeto de atención clínica. Esta paciente estaba preocupada por no poder levantarse de su cama los meses siguientes. Curiosamente, la tristeza o duelo ante una pérdida es considerado algo anómalo hasta que pasan dos años desde la pérdida y no antes, porque ante la ausencia y el vacío de algo que teníamos, lo esperable es el llanto y el dolor emocional por un tiempo prolongado.

Sorprendentemente, lo que más obstaculiza un proceso de duelo es la cultura, la tendencia que tenemos a querer “apagar” la tristeza. Como sociedad, hemos crecido para no poder soportar el dolor del otro y cuando vemos que el otro sufre, nuestra reacción natural es decirle que “no esté triste” (casi rogando en nuestro interior) o tratar de distraerlo de su dolor. Cuando en realidad somos nosotros los que no hemos aprendido a observar la tristeza con paz, los que no podemos ver el sufrimiento y aceptarlo, sin tratar de remedarlo o apagarlo, lidiando con nuestra ansiedad de que no todo está bien. Los guatemaltecos somos la sociedad del “todo bien”, de la gente que siempre está alegre, incluso cuando no toca estar alegre. Por esto, muchas veces tratamos de agarrar fuerzas que no corresponden y esconder o distraernos de esta tristeza, sin saber lo perjudicial que puede ser guardar un sentimiento tan fuerte ante una situación difícil. Uno de los principales efectos psicológicos de no procesar las emociones es que estas se “somatizan” volviéndose un malestar corporal que no pudimos expresar emocionalmente, entonces empezamos a sufrir dolores, alergias o inflamaciones, debido a lo que tenemos reprimido a nivel emocional y que requiere tanto esfuerzo “guardar” que genera una enorme tensión a nivel sistémico. Varios estudios han demostrado que cuando no se procesan las emociones correctamente, se da una inflamación generalizada que sale ya sea por el órgano más débil o por órganos propensos a fallar ante estas situaciones. Un ejemplo claro de esto es el reflujo y la gastritis que no tiene causa aparente, más allá de lo que los médicos explican como “estrés emocional”.

Como personas, es importante que entendamos que a nadie le gusta sentirse triste, pero que los sentimientos desagradables son parte de lo que tenemos que pasar para poder volver a sentirnos felices eventualmente. En la vida cotidiana, tanto el placer como el dolor son parte del paquete de lo que a todos nos toca vivir como seres humanos y la mejor manera de lidiar con una pérdida es dándole el espacio a ese dolor. Tomándonos el tiempo de poder fallar un poco en las obligaciones, permitiéndonos llorar y quitándonos el tabú instaurado tan profundamente de que esto nos hace “débiles”. También comprendiendo que por más duro que sea lo que nos sucedió, van a haber momentos de felicidad y risa dentro de esa profunda tristeza y se vale. Como amigos o familiares de personas que sufren algo así, es importante entender que la tristeza ante alguna situación trágica es deseable y es el proceso natural del ser humano; así como saber acompañar el dolor sin tratar irremediablemente de “curarlo”, “taparlo” o “distraerlo”. Tenemos que aprender a ser buena compañía para algo tan sencillo como llorar en silencio, comprendiendo que muchas veces esta es la mejor forma de ayudar. Como dijo mejor una de mis poetas guatemaltecas favoritas:

“A la tristeza le cae bien el sol en la cara, el aire fresco, el agua caliente. A la tristeza le gustan los abrazos largos, los malos chistes y la buena compañía. El error es ignorarla en vez de consentirla. A la tristeza con mucho amor le regresa la sonrisa”.
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