Mamá solita imagen

A Tanya la he visto ser mamá solita durante años. Su proceso no ha sido fácil. Ver lo que ha logrado con sus hijas y a nivel personal, hace que su historia sea para compartir.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Tanya regresó de La Antigua después de una jornada de trabajo. Había cubierto una boda. Tanya es fotógrafa profesional. A sus 34 años, era ampliamente reconocida y trabajaba sin tregua. Sus hijas, Isabella y Nina, tenían 5 años y 9 meses, respectivamente. Una niñita y una bebé. Era domingo. Un domingo que definió un antes y un después en la vida de las tres. Eran aproximadamente las 5 de la tarde. A partir de ese día y ese momento, Tanya y sus pequeñas se quedaron solas; valiente, se estrenaba como mamá solita.

Admiro a las madres solas que sacan adelante sus hijos. En Guatemala existen muchas. Cuando se trata de hijas educadas por madres, por experiencia, sé que se teje un ambiente singular en el hogar. Una resiliencia densa se comparte y aprendemos a desarrollarla en muchos aspectos de la vida. Somos cómplices en penas y gozo.

En el mes de la madre, esta nota es un homenaje a cada mama solita de Guatemala y del mundo. Mujeres que a base de fe y trabajo, venciendo temores y soledad, han construidos hogares plenos. Crecí en uno de ellos, conozco perfectamente lo que significa.

TANYA LIZÁRRAGA, MAMÁ MOSQUETERA.

A Tanya la he visto ser mamá solita durante años. Su proceso no ha sido fácil. Pero hoy, después de ver las mujercitas en las que se han convertido sus hijas y aunque aún falta camino por recorrer para las tres, su historia es para compartir.




Aquella tarde de domingo, cuando Tanya se vio sola con dos niñas tan pequeñas, lo primero que hizo fue hablarles con franqueza, a pesar del miedo y la tristeza.

Le expliqué a Isabella que de ahora en adelante íbamos a vivir las 3 solas, que su papá ya no estaba en la casa. Las abracé mucho y muy fuerte… Les dije que desde ese momento íbamos a ser ‘Las 3 Mosqueteras’”.

Al principio experimentó angustia. Ser mamá y papá al mismo tiempo, sacar adelante a sus hijas, sola, era una misión diferente que cambió su perspectiva. En el fondo sabía que lo lograría.

Mi mamá lo logró cuando yo tenía 4 años, junto con mi hermana de 7 meses; nos venimos de México a Guatemala. Ella tenía dos trabajos para sacarnos adelante”.

La fortaleza de su mamá la acompaña hasta el día de hoy. Convertirte de la noche a la mañana en cabeza de familia te muestra que no estás sola. Tanya pertenece a una tribu de mujeres valientes a cargo de hijos, de su crianza, de mantenerlos, de acompañarlos.

Cambios y más cambios

Buscó fuentes de valentía en donde pudo. Quedar a cargo de dos pequeñas implica vivir muchos cambios. Expande tus capacidades de adaptación, a pesar de las inseguridades y temores.

Al año de separada, decidió que ya no quería vivir en Guatemala. Sin certeza de mucho, en búsqueda de nueva vida, se mudó a Florida, EE.UU., en donde abrió un estudio fotográfico.

“…vendí todo (hasta el anillo de compromiso) para ir a probar suerte a Florida. Quería empezar de 0, sin presión de la sociedad. Darme el chance de una nueva historia”.

Momentos de angustia

Sentir sobre los hombros toda la responsabilidad de los hijos coloca a la mamá solita ante situaciones de mucha ansiedad. Las dificultades son momentos de prueba doble.

Tanya ha conocido varios. Uno de ellos fue el año en que Isabella, su hija mayor, se graduaba del colegio.

“… sentí que se me caía el mundo encima, tuve que cambiar mi vida de una manera muy fuerte. Buscar un trabajo de tiempo completo para poder pagar todas las cuentas sola, dejar mi estudio fotográfico para que se pudiera graduar”.

Fue un cambio drástico, una situación que produjo miedo y tristeza. La tarea en sí conlleva sacrificios. Cerró su estudio fotográfico, la carga emocional de una decisión de ese calibre no es asunto ligero. El tiempo, sin embargo, le mostró que algo mejor vendría, fue un momento de crecimiento. Hoy, el cambio que tanto dolor causó, se convirtió en un trabajo que llena su alma.

“Me estaba ayudando a ser mejor persona, a valorar más la salud de mis hijas y las bendiciones que tenemos”.




Momentos de recompensa

Las madres solitas experimentan momentos grandes, de satisfacción y orgullo, fruto de lo que han hecho. Tanya nos cuenta cómo se siente de orgullosa de la madurez y determinación de Isabella. La joven, a los 18 años, consciente de que corrían tiempos de dificultad, decidió por sus propios medios conseguir un préstamo para pagar su carro. Lo paga con el fruto de su trabajo. Isabella sale temprano a trabajar y regresa tarde de la universidad. Para su mamá, esto significa el mundo.

También se siente feliz al ver cómo sus dos hijas se apoyan mutuamente. Han construido una relación de solidaridad.

El mayor regalo de su situación, en palabras propias. “Saber que puedo creer en mí, a pesar y en contra de todo. Sentir que somos para siempre las 3 mosqueteras, que nos apoyamos y sostenemos con mucho amor, a pesar de los problemas”. 

Lecciones universales de ser mamá solita

El sacrificio es una constante. Debe pensar en las chicas ante que en ella, encontrar soluciones para salir adelante, llorar sola para no afectarlas más.

“Todo lo que nos pasa en la vida, especialmente los momentos difíciles y duros, nos enseñan a ser mejores y a aprender de nuestros errores”.

Ver a su mamá a cargo le ha enseñado a sus hijas a ser independientes, fuertes, a valorar más las cosas, a saber que las mujeres podemos lograr lo que nos proponemos. Han aprendido el valor de luchar y se saben capaces.




Ellas también han sido para su madre, maestras en la aventura de la vida.

Isabella, al no rendirte, sos ejemplo de responsabilidad y madurez. Me demuestras siempre tu apoyo y me das fuerzas cuando me faltan”.

“Nina, me das el amor y la ternura cuando más la necesito; con tu ejemplo de bondad y nobleza, me apoyas y me ayudas, me haces sentirme orgullosa de tu independencia y de tu ejemplo”.


Hoy, Tanya se define como una mujer fuerte, agradecida. Capaz de alcanzar lo que se propone. Alguien que valora más aquello que vale la pena y sabe diferenciar qué vale y qué no. Se siente feliz y agradecida.


“A mis casi 50, soy auténtica, leal, buena amiga. Tengo un carácter difícil, que me ha ayudado y me ha fregado al mismo tiempo, pero no sería quien soy si no fuera así. Me falta mucho por aprender para ser mejor”.

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