En una noche lluviosa, dos viejos amigos se reencuentran en un bar.
“Esos tus ojos negros son la pura muerte. En buena onda” dijo El Sombrerón. “Me refiero a tus otros ojos, los de yegua, los que usabas para arrastrar bolos shucos al infierno”.
“Ya sin cuentos era divertido” reconoció La Siguanaba. El Sombrerón se puso melancólico “Nosotros nos hemos dado nuestros buenos agarrones ¿o estoy mintiendo, Sigüis?”. “No, papi, por supuesto. Ay dios, mi rey, si alguien te conoce las mañas soy yo”. El Sombrerón propone un brindis “¿Te acordás aquella vez en el puerto, Sigüis?, ¿en aquel catre de hotelito con el calorón insoportable? ¿En qué década habra sido, mija?”. “Ah púchica, treinta y pico. Ubico estaba de presidente”. A La Siguanaba se le iluminó el rostro “La época de Ubico fue nuestra mera época, papi”. “Já, vaya si no, Sigüis. La Era Dorada. Ubico es el Maradona del miedo. Pues esa vez vos andabas brava por no sé qué mierda”. “Tal vez por la cochinada de hotel al que me llevaste” le respondió. “Va, como sea. La cosa es que estabas tan brava que pusiste tu cara de caballo mientras hacíamos el amor y yo nunca he estado más ahuevado y a la vez caliente”. “¿Te gustó, beibi?”. “Puta, fue tan profundo. Se sentía como… como… Hablemos pelado. Sentía que con cada puyón que te daba se alborotaban todas esas almas malditas que llevás en tus ojos”.
“Es que vos sí sabés lo que una dama quiere oir”.
“Ni creás, Sigüis. Ni mierda levanto ya. Soy un taxista gordo, más salado que moco de pescador”.
“¿Te quedaste solo, corazón?”.
“Tengo una mi patoja. Pobrecita ella, le ha tocado duro. Es de Jalapa y aquí trabaja en una gasolinera. Vieras que cómo la quiero, a ella y a su nene. Los domingos me los llevo al cine o a caminar a la Antigua. Ya voy para los seis años de estar con ella ya”.
“Me sorprendés, vos. Al fin dejaste de mujeriar”.
“Es que ya llega una edad en que uno lo que quiere es paz. Tanto chupe y chingaderas y clavos que le arman a uno las mujeres. Todo eso quiera que no desgasta”.
“Ay sí, aguantá. Te voa creer que ni un tiro te has dado estos seis años”.
“Una. Pero tranquilo”.
“¿Y fue importante para vos?”.
“Lo que pasa es que ya teníamos nuestra historia. Añales de llevarnos ganas”.
“¿La conozco?”.
El Sombrerón se empina la chela, suspira y continúa ahora en voz baja.
“Bien la conocés, vos. Se llama Blanca”.
La Siguanaba hace una pausa larga, con cara de preocupación pregunta, “A ver, ¿es la Blanca que los dos conocemos desde hace tres o cuatro siglos?”.
“Sí cabal”.
A La Siguanaba se le nota angustiada.
“Tu madre, Sombrerón. Decime que no te cogiste a la Blanca. A la mujer que por las noches se convierte en la Cadeja Blanca”.
“La onda fue que una mañana me pidieron un servicio, allá por Boca. Qué si cuando llego era Blanquita, que la llevara a una su reunión de Herbalife. Y nos fuimos platicando en el camino, poniéndonos al día”.
“¿Se mira bien?”.
“Aaah, soñadísima. Vos sabés que es una mujer divina. La cosa es que me pidió que la esperara para ir a almorzar. Ella me invito a comer, re linda, y yo en agradecimiento la invité a unas cervecitas”.
“¿Y después?”.
“Ya entonados nos dijimos las verdades. Que siempre nos hemos gustado va. Como es cierto”.
“Mjm…”
“Nos paramos enmotelando”.
“Sos un coche estúpido. Por dios que sí. ¿Blaqui lo sabe?”.
“¿El Cadejo Negro?”.
“Puta, ¿quién más?”.
“No sé. Tal vez sí sabe. ¿Todavía son traidos?”.
“Van a ser traidos siempre, mula. Él y ella son Amantes Eternos. Un solo espíritu mágico que un principio etéreo dividió en dos entes opuestos y que se pertenecen el uno al otro. Los Cadejos comparten un mismo latido. El dolor que le causás a uno, lo siente el otro. Son la luz y la oscuridad en perpetuo amor y en perpetuo conflicto”.
“Aaah, ya. Ni me acordaba. Pues la pasamos rico, nos despedimos y me pidió que la dejara allá en el Mac de Utatlán”.
La Siguanaba observa por la ventana, alterada.
“Contestame algo, Sombrerón, ¿vos sabés que Blaqui te está siguiendo, verdá? ¿Tenés una idea de lo que acabás de provocar, estúpido?”.
“Mirá, si me busca, hablamos como la gente. Como tampoco fue todo mi culpa, va. Ella ya es adulta y toma sus decisiones”.
“Blaqui no es gente, cerote. Blaqui, igual que nosotros, es una criatura sobrenatural. La más trágica de todas. Blaqui es oscuridad”.
“Pues si se va a poner violento, también le venimos ofreciendo buenos pijasos”.
“Es que Blaqui no es violento. Blaqui es violencia”.
“Shhh bajale, Sigüis. Vas a asustar a la gente”.
En ese momento dan las dos de la mañana. El viento helado se cuela por la puerta y una descarga eléctrica deja el bar a media luz. Un fuerte olor a perro muerto se impregna en el ambiente. La Siguanaba se levanta y comienza a gritar, “¡Salgan por fa que aquí van a haber clavos!”.
El Sombrerón permanece sentado, mirando por la ventana.
Aterrada, la gente intenta salir pero la puerta la bloquea un enorme bulto, negro y jadeante.
La Siguanaba le ordena al agente de seguridad que le entregue su arma, pero este se niega.
“Deme su arma, señor” le repite, por un segundo convirtiendo su cabeza en la de una yegua. El poli obedece. Ella dispara a la figura oscura pero es imposible detenerla. Bajo el peso de las garras de la bestia, la columna de personas amontonadas se va derrumbando. Se escuchan los gritos conforme las vísceras son arrancadas de sus cuerpos.
La Siguanaba siente el pelaje tieso rozar sus piernas. El animal anda como si ella no estuviera. Sigüis prefiere no voltear y camina en dirección a la salida, sin hacer ruido y evitando resbalar con la sangre regada.
Después corre sin saber a dónde en medio de la calle vacía. Entonces escucha una voz familiar que le llega desde lejos: allá por Reu canta La Llorona. La Siguanaba recuerda que hace décadas dejó de llorar a su hijo, y que ahora ameniza bailes y jaripeos con su banda de música norteña. Esto la hace sonreír.
Hay un lugar en el mundo hasta para los malditos.
Ilustración: Daniela González
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