Historias de Pueblo: El teléfono del viento (y de los muertos) imagen

Tras el desastre que socavó la ciudad de Otsuchi, en 2011, una cabina telefónica construida por un sobreviviente promete a los curiosos conectarse con las víctimas. Akemi lo intentará.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

ESTE RELATO ES LA NOVENA HISTORIA DE LA SAGA “HISTORIAS DE PUEBLO”, CONTADAS POR ALFONSO R. CEIBAL E INMORTALIZADAS POR LA PLUMA DE JUAN DIEGO GODOY (con la excepción de que esta historia no sucedió en Guatemala).

Cuando Akemi Fujioka llegó a la cabina, sintió cómo su cuerpo se inmovilizaba y su mente le pedía que se diera la vuelta. ¿Pero cómo hacerlo si había pasado tanto tiempo, obstáculos, lágrimas, intriga y fatiga queriendo llegar a ese cuadrado de cristal? Estaba a pocos pasos de cumplir con lo que había sido uno de sus sueños desde aquel 11 de marzo de 2011, cuando un terremoto de nueve puntos en la escala Richter, seguido por un tsunami, provocó uno de los peores desastres del siglo XXI y devastaron varias ciudades de Japón. 

La ciudad de Otsuchi encierra historias escalofriantes de personas que, tras recibir impactos de olas de 30 pies, pasaron a formar parte del 10 por ciento de los 17,000 habitantes de la metrópoli, que sucumbió ante la fuerza de la naturaleza. Otsuchi aportó gran parte de los muertos a nivel nacional de aquella tragedia; 20,000 personas que nunca se despidieron de sus seres queridos; personas que dejaron tantos asuntos pendientes que quizás nunca pudieron marcharse del todo. O al menos así lo creyó aquel jardinero que construyó la cabina frente a la que Akemi Fujioka se encontraba en ese preciso momento, 8 años después de la tragedia. 

Otsuchi, tras la tragedia. Foto: Atlas Obscura

Tanto Akemi como Itaru Sasaki lo perdieron todo aquel día; todo, menos la vida, porque las reglas del destino influyeron para que ellos se encontrasen al sur del país justo en el momento de la tragedia. “Se salvaron”, pero jamás “se recuperaron” de la devastación material y espiritual. Esa fue la razón principal para que, en la cima de una colina de la devastada Otsuchi, Sasaki construyera una cabina telefónica con un teléfono negro desconectado; incapaz de establecer contacto con otro aparato en la tierra… Pero sí con el más allá. Eso lo “comprobó” el día que charló con su primo, una de las 2,000 víctimas que murieron en aquella ciudad. 

Historias como esa y más rumores fueron los que motivaron a Akemi para emprender el viaje a la ciudad que había abandonado luego de haberlo perdido todo: sus hermanas, su madre, su casa, su mascota, sus pertenencias y a sus amigos. Relatos de plácidas pláticas con los difuntos de toda la tragedia taladraban la cabeza del joven japonés que había pedido un par de días de vacaciones en el arduo trabajo para “reconectarse” con los seres del más allá. 

“Hola, Noboyuki, es papá. ¿Qué estás haciendo ahora? ¿Estás con mamá?”, dice uno de los visitantes de la cabina.
El hombre, que perdió a su hijo en el tsunami y a su esposa 4 años después, mantiene una emotiva conversación con su hijo.
“Apenas consigo seguir trabajando, seguir adelante”, dice entre sollozos.
“Si todos nosotros todavía estuviésemos juntos -tu madre, tú y yo-, las cosas estarían mejor. Doy lo mejor de mí para seguir adelante”, agrega.
El hombre le promete a su hijo que volverá “cuando llegue la primavera”, y agrega: “Resiste. Y, por favor, cuida a tu madre”.

(Artículo BBC – La conmovedora cabina telefónica en Japón para “hablar” con los muertos – 13 junio)

La mayor intriga de Akemi era comprobar si se podían escuchar las voces de sus familiares. Cuando aterrizó en una ciudad reconstruida y ahora desconocida para él, algunas personas cercanas a la colina le contaron dos versiones de cómo seguramente sería su experiencia allá arriba. “Debes concentrarte mucho. Hay quienes no logran escuchar las voces porque se esfuerzan demasiado. Debes dejar que el viento haga su trabajo; es este quien arrastrará las palabras de tus seres queridos”. Otros aseguraban que la cabina solo era un sitio de desahogo. “No escucharás a nadie. Esto no es magia ni fantasía. Es un teléfono que, como sepulcro, te recuerda que la gente que se fue en 2011 nunca volverá y que debes vivir con ello”, le aseguró una anciana que claramente no creía en los mitos que rodeaban la colina de la cabina. 

Akemi ya había escuchado suficiente. Ahora estaba frente a frente para comprobar lo que le habían contado. Había memorizado las instrucciones: entrar a la cabina, respirar profundo, escribir un mensaje en el “cuadernillo rojo de los muertos”, tomar el teléfono negro, marcar el número de alguno de sus difuntos familiares, saludar y esperar. 

El teléfono, el libro y la cabina. Foto: Atlas Obscura

Sintió como la brisa le revolvía el cabello y acariciaba las hierbas que crecían sin orden cerca de la cabina blanca. Un olor a sal y nostalgia invadió sus fosas nasales y por primera vez en mucho tiempo sintió cómo la fuerza de un suspiro contenido liberaba su cuerpo. Se sentía libre, se sentía en paz. Los dedos comenzaron a temblarse. Dio un paso al frente. Otro más. Se encontró frente a frente con el cristal de la cabina de Itaru Sasaki. Si entraba, sería uno de los más de 10,000 visitantes que pondría un pie en aquel cuadrado, buscando consuelo y respuestas. Volvió a dudar. La imagen de sus hermanas lo cautivó por medio segundo. El recuerdo de su madre le heló la sangre. Volvió a sentir otra vez aquella brisa salada. Cerró los ojos y tomó una decisión. 

(Continuará…)

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