Ella se llamaba Marta imagen

Marta terminó de conformarse. No había persona que le presentaran, aun en ámbitos laborales, que al escuchar su nombre le…

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Marta terminó de conformarse. No había persona que le presentaran, aun en ámbitos laborales, que al escuchar su nombre le cantara inmediatamente “ella se llamaba Marta, ella se llamaba así”. Desde el jardín de niños, el colegio y la universidad, fue perseguida por la popular canción. El colmo fue, cuando le llevaron serenata en la pedida de mano, que los mariachis le interpretaron la pieza al mejor estilo norteño. Ella suspiró y resignada aceptó, finalmente a petición de su novio, que esa fuera la canción que los identificara como pareja.

Conoció a Gabriel vía Twitter. El chico posteaba cosas interesantes sobre museos, obras de arte, teatro, paisajes de Guatemala, libros y un número considerable autorretratos. Lo que más le llamó la atención fueron las temáticas de sus memes siempre relacionadas al arte y las polémicas que desataba respecto a cosas que ella (y por lo visto él) no consideraba artísticas. En fin, era tan culto que, durante un buen tiempo, pensó que era gay.



Entre corazones por allá y “retwittes” por acá, un buen día Marta recibió un mensaje privado. Se puso tan nerviosa que tardó una semana en contestar. “Te invito a un café ¿aceptas?”. Ella no encontró respuesta así es que finalmente mandó su número celular. Del café pasaron a una caminata y después de esta, una cena. Ya estaban en el postre cuando sonó el timbre del móvil de Gabriel y la tonada la hizo pensar “claro, no podía ser de otra manera”: “ella se llamaba Marta, ella se llamaba así…”. Él le confesó que desde que la vio por primera vez en Twitter había puesto ese tono, “para pensar en ella cada vez que sonara el teléfono”.

Una serie de gustos coincidentes, aficiones y afinidades, los emparejó en un noviazgo ideal. En pocos meses se dieron cuenta que eran el uno para el otro, así es que se casaron en una ceremonia poco ortodoxa a orillas del mar. Los dos repitieron con gusto “hasta que la muerte nos separe”. Gabriel le pidió a un amigo músico para que le trasformara “ella se llamaba Marta” en un vals y así bailaron aquella balada al mejor ritmo de Strauss.


La envidiosa muerte los separó un mes después. Bajando hacia la ciudad de Antigua un camión sin frenos los sacó de la carretera estrellándolos contra la montaña. Según el parte médico, aquello fue instantáneo, no se dieron ni cuenta. Por lo prematuro del evento las familias los sepultaron en sus respectivos mausoleos con sus trajes de novios: una en el Cementerio General de Guatemala y el otro en el de Quetzaltenango.

Pasado algún tiempo la gente comenzó a contar que, de noche, habían recogido a un joven trajeado que pedía jalón en la Carretera Interamericana con rumbo a la ciudad de Guatemala. Misterioso muchacho que tararea una popular canción durante un tiempo y que luego, entre más se alejaban de Quetzaltenango, se desvanecía ante la mirada aterrada de sus anfitriones. En Guatemala, también entrada la noche, los vecinos de la zona 2 manifestaron ver a una joven vestida de novia en las puertas del cementerio esperando a alguien. Los que se acercaban un poco contaron que ella tararea “ella se llamaba Marta, ella se llamaba así”.

Finalmente, de escuchar las historias, las familias seguras que se trataba de Marta y Gabriel, trasladó los despojos de Gabriel al mausoleo de Marta, colocando los dos cuerpos en el mismo nicho. Desde ese entonces, los guardianes de la necrópolis cuentan que dos novios pasean de noche por las avenidas del cementerio. Que se les ha visto tomados de las manos apreciando los monumentos de aquella tenebrosa ciudad de los muertos.

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