El teatro en los tiempos del COVID-19 imagen

La incertidumbre, uno de los ingredientes que alimenta al ejercicio teatral de Guatemala. No hay un solo caso de COVID-19 y ya está afectando el movimiento artístico de Guatemala.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Cuando alguien me dice: “Quisiera que me montara una obra de teatro para un evento que sucederá en una semana”, siempre pienso, “Señor, dame paciencia, este no sabe lo que pide”. Y es cierto, muy pocas personas le dan valor y respeto al trabajo de los artistas. Siempre solicito a mis alumnos de comunicación que se aprendan un soneto y, generalmente, sienten que su vida acabó. “Que es imposible”, “que es inhumano”, “que para qué les va a servir”, en fin, cualquier pretexto para no estudiarlo, despertar el músculo y presentarlo en público. La mayoría es incapaz de aprenderse cuatro estrofas de una poesía, en verso, pero creen que el actor sí puede asimilar un libreto en pocas horas y recitarlo de memoria.

Una sumatoria de situaciones ponen en peligro la integridad del hecho creativo. La primera de ellas, ser el pariente pobre de las artes escénicas. Los presupuestos para hacer viable una obra de teatro, artesanal y orgánica, tienen que cuidarse con racionalidad y sapiencia. Un mal cálculo puede dejar en bancarrota a la compañía y sin un centavo de ganancia a los actores. Artistas que trabajaron durante semanas aprendiendo sus líneas, buscando la esencia de su personaje, asimilando las visiones del director, trabajando con utilería y escenografía temporal, para luego acoplarse al escenario (que seguramente será facilitado para un ensayo general y otro técnico), vestuarios, luces y otras circunstancias particulares. Básicamente, el trabajo humano potenciado con imaginación.

Con lo listado en el párrafo anterior se intuye que se necesita un productor, un escenógrafo, costurera, músico, técnicos y otros elementos relacionados a los 13 signos del teatro que representan una organización conceptual. A lo dicho, como gasto de rebote, una cantidad de dinero tirada a la basura debido a la burocracia estatal. Todos los escollos son generalmente subsanados. Algunos grupos contamos con un público cautivo y fiel que siempre nos acompaña y nos hace la pala con su presencia. No se pueden dejar de lado a los patrocinadores que, desinteresadamente, nos compran anuncios con la intención de ayudarnos. 

Los “teatristas”, sin embargo, enfrentamos fantasmas extra artísticos mucho más grandes. La noticia de una inminente pandemia puede hacer daño y mucho. Por ejemplo, al teatro escolar debido a las decisiones emanadas por algún bien intencionado técnico. Sin un solo caso del coronavirus en Guatemala, muchos compañeros están perdiendo sus oportunidades de trabajo, ya que, al parecer, alguien suspendió las actividades extracurriculares hasta nueva orden. Pero ¿y las camionetas hacinadas? ¿Las salas de espera de los hospitales públicos? ¿Las funerarias? O los ¿centros de atención al público? Muchos prefieren darle una puñalada a la educación, porque el teatro forma, que entrarle de frente al problema. 

El resto de nosotros sigue ensayando, e invirtiendo tiempo y dinero, para sus próximos estrenos en la total e ingrata incertidumbre.

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