El pacto imagen

Muchas veces el no pensar nos lleva de la mano a hacer tonterías. En su desesperación, ¿haría un pacto con el diablo?

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“Pueblo chico, infierno grande”. El pueblo donde nació y creció Julián era conocido por la velocidad con la que volaban los chismes. No solo se difundían como el fuego. De una esquina a la otra, como teléfono descompuesto, se daba pábulo a historias fantásticas y hasta espeluznantes. Todo el mundo sabía quién era amante de quién, qué muchacho fumaba marihuana, quién envenenaba a los perros, en fin, ni el sacerdote, ni las monjas, ni el pastor, ni los testigos de Jehová, ni el venerable maestro de la escuela, se salvaban de alguna mancha en su expediente. Entre “fíjese de lo que me enteré”, “le voy a contar un secreto, pero no se lo vaya a decir a nadie” y “por allí me contaron”, la población se mantenía ocupadísima hurgando en la vida de los demás.

Pero había una excepción. Nadie hablaba mal de don Julián. Los pocos que lo habían hecho, que por cierto eran de otras comunidades, sufrieron diferentes tipos de desgracias. Quien lo miraba en la calle lo saludaba con respeto cordial. Aunque él no era un hombre de visitas, cuando tocaba a la puerta de algún hogar, no importando la hora, se le recibía inmediatamente. Siempre era para algo bueno. Era más frecuente ver una nutrida cola de visitantes esperando su audiencia frente a su casa. En fin, don Julián era el brujo del pueblo y todos habían aprendido a convivir con él.

La madrugada del 29 de febrero, poco antes que empezaran el alboroto los gallos, los vecinos abrieron los ojos repentinamente. El aldabón de la puerta de don Julián sonó insistentemente y, en el silencio de la noche, el tenebroso eco se coló por las rendijas sonando como el gong de un barco. Todos al unísono, hasta los que no eran católicos, se santiguaron instintivamente.

Julián abrió la puerta, alarmado. Frente a él estaba Hermelinda, la señora de la tienda, con el rostro desencajado: “¿Qué ha hecho, mujer?” le dijo alarmado. “Por favor, don Julián, necesito que deshaga el pacto”. El hombre se quedó de una pieza. “¿Qué pacto? ¿Qué tontera ha hecho?”, repitió alarmado. “Mi hijo Mario estaba muerto y en mi desesperación invoqué primero a Dios y como no acudió, le recé al diablo”. Julián necesitó sentarse. “Cuando lo vi en la morgue me puse como loca y en un acto de desesperación hice un pacto con el maligno”. Entre sollozos esperó una respuesta del brujo que parecía haber perdido el habla. “Yo no pensé, solo lo quería ver vivo otra vez, pero en mi desesperación no se me ocurrió que ya le habían hecho la autopsia y ahora está retorciéndose sobre la camilla en un dolor infinito”. Julián la veía horrorizado; luego de unos minutos preguntó que cuál había sido el pacto. Entre sollozos contestó: “Su vida, don Julián, a cambio de la de Mario”. Cuando terminó de decir aquella sentencia, el hombre yacía muerto a sus pies. Después de aquellos eventos, la mujer perdió la razón. 

 La verdadera historia nunca llegó a conocerse porque los habitantes de aquel pueblo inventaron decenas de cuentos.

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