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Guillermo Monsanto nos comparte una ficción que une los destinos de la Sagrada Familia, Gestas, Dimas y Artabán en el Golgota.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

EL GÓLGOTA. Por Guillermo Monsanto

La última vez que, en estos relatos, se mencionó a la Sagrada Familia los dos ladrones y el cuarto rey mago (Artabán), Jesús, María y José se dirigían por un mandato Divino a Egipto. Cada uno de los protagonistas caminando, a su paso, hacia un fin predestinado.

El primero en quedarse en el trascurso del tiempo fue José. Santo varón que, con el correr de los tiempos, fue considerado uno de los pilares de la nueva iglesia. De los registros que de él deja la biblia quizás el más importante es el de su obediente silencio. Alcanzó recompensa; la tradición indica que tuvo la más feliz de las muertes ya que fue asistido en el tránsito por Jesús y por María. Su hijo adoptivo le despidió dulcemente diciéndole con la más tranquilizadora voz que jamás se haya escuchado en otro hombre: “Padre mío, descanse en paz y en la gracia de mi eterno Padre y mía” y luego le mandó con la misiva de anunciar “las felices nuevas de la llegada de la redención del hombre.”




El final de los demás protagonistas está entrelazado. Jesús fue arrestado y juzgado. Flagelado y condenado a morir crucificado. La pasión del Nazareno y, finalmente su muerte, es entendida, como la vía de la salvación y la expiación de los pecados de la humanidad. Y su resurrección como una promesa de vida eterna. Una alianza entre Dios y los hombres. Grande y poderoso, aquel muchacho de 33 años ha cambiado muchas vidas. Tanto que su memoria pervive en las acciones de sus seguidores con una fuerza inusitada.

Los dos ladrones se perdieron por los caminos. Dimas, siempre siguiendo a Gestas quien, con el corazón envilecido, dejó una estela de crimen a su paso. No pararon hasta que los prendieron y castigaron a muerte. Dimas, guardó en alguna parte de su memoria la mirada dulce de la Madre niña y, ya estando crucificado, sus ojos se cruzaron fugazmente con los de la María qué, a los pies de la cruz de su hijo, era consumida por la angustia y el dolor de verlo sufrir de aquella manera tan brutal. Sin embargo, en sus ojos encontró un infinito amor. Una extraña paz llegó a él por segunda vez en la vida.




Ante las blasfemias de Gestas, que se burlaba de Cristo, Dimas con el corazón henchido, le dijo sollozando de arrepentimiento sincero; “y tú, que sufres la misma pena ¿no respetas a Dios? Lo nuestro es justo, pues recibimos la paga de nuestros delitos; Éste en cambio no ha cometido ningún crimen… Señor, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí.” De forma simultánea, a los pies de Jesús, besando la sangre santa, un anciano pordiosero exhausto, semi desnudo, desfalleciendo de hambre y pobreza, lloraba desconsolado. “Señor” -le dijo Artabán- “he sido un mal servidor, te he buscado por 33 años y siempre he llegado tarde a donde tú ya has estado, te traía obsequios que repartí entre los necesitados pero que eran para ti… Perdóname.” Instantes antes de perecer, al mismo tiempo que Dimas exhalaba, ambos escucharon al Maestro decir: “te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Y Murieron reconfortados.




Hay otros protagonistas. Entre ellos la Virgen María. De ellos les compartiré algunos pensamientos en otra ocasión. 

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