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La mañana del domingo al pie del Volcán de Fuego la tierra retumbó. Parecía un día más a la sombra del coloso, pero horas más tarde una nube oscura bloqueaba la luz y una capa gris lo cubría todo.




Según los vecinos la actividad comenzó en horas de la mañana. Los boletines entre el Insivumeh y la Conred iban y venían. “Es una actividad normal del volcán”, “no hay necesidad de evacuación”, reportaban las misivas. Entre tanto, la actividad no cesaba y la alerta no llegaba.

Pero el Volcán de Fuego tenía otros planes. A sus pies las actividades transcurrían con normalidad, el rugir del coloso no suponía amenaza aparente.



Foto: Iván Castro (tomada el 19 de enero de 2014)

Muchos recordaron lo sucedido en febrero, donde unas nubes y un poco de ceniza fue todo. “Iba a ser igual, nada iba a pasar”, recuerda Oliverio Tum, vecino del municipio de Alotenango.

Las horas transcurrían y el rugir del Volcán de Fuego, cobraba fuerza, el espectáculo maravillaba a unos y a otros les inquietaba. Sin embargo, la gran mayoría siguió con sus actividades.

Mientras unos se colocaban los guantes, otros recogían sus azadones y palas a los pies de la montaña rellena de lava. Unos por ejercicio y otros para supervisar sus cultivos, pero todos caminaban y veían las fumarolas salir de la parte alta del volcán.

Una vista de un millón de dólares, recuerda Fabricio K. “Jugar golf en ese escenario era un privilegio”. Para Tum, la actividad “era bastante rara”, pero continuó su camino hacia la casa de su suegra para supervisar su siembra de maíz.



Foto: Iván Castro (tomada el 4 de enero de 2018)

Uno no había llegado al hoyo 9 y el otro comenzaba a zanjear la tierra cuando la actividad cobró fuerza, la ceniza comenzó a caer y la columna de humo seguía creciendo. Era momento de tomar una decisión.

Dejar el campo de golf y recoger las palas, para salir del lugar. Ambos decidieron abandonar la zona.

Uno abordó su automóvil, siguió a los huéspedes del hotel en la evacuación. El otro pasó a casa de su suegra a pedirle que viniera con él cerca de Alotenango.

“Ella dijo que no era nada”, además no podía dejar las gallinas y los animales solos, “me van hacer un desastre”, recuerda Tum mientras agacha la cabeza.

No es lo mismo perder algo, que perderlo todo

Aunque las pérdidas en términos materiales no se han logrado cuantificar, todos perdieron algo. La gran diferencia radica en la disposición a perder que los afectados tuvieron.




Las familias de la aldea Los Lotes y los dueños de casas en La Reunión, perdieron. Lo que para unos era perder una vivienda de descanso, para otros era perder toda su vida.

El desapego de Fabricio por la casa del club, le facilitó priorizar la preservación de su vida. “Por nada hubiera dejado a mi familia allí para ver que pasaba, era mejor salir lo más rápido posible”.




En tanto que la suegra de Tum, debía decidir si dejaba atrás toda su vida, con la posibilidad de que nada pasara. “Ella no se quiso venir por que no tenía quién le cuidara la casa, imagínese la dejaba sola y luego le podían robar”.

Hoy la cifra de muertos llega a 99, pero los restos de la suegra de Tum no han sido encontrados. Oliverio y Fabricio salvaron la vida, vieron lo mismo que muchos.

Frente a sus ojos el Volcán de Fuego despertaba con fuerza y nada lo detendría. Pero ellos salvaron la vida, en buena parte porque sus vidas no transcurrían directamente a los pies del volcán.

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