Los niños desechables de las caravanas de migrantes imagen

Y aunque aún aguarda para que su familia lo reclame, las cicatrices de lo que vivió en Guatemala le durarán toda la vida.

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Salió de San Pedro Sula, Honduras, de la mano de su tío Alberto con rumbo a los Estados Unidos. Esperaba reunirse con su padre Efraín S., a quien solo veía por medio de una pantalla en el teléfono celular, desde hacia ya tres años. Pero durante el recorrido, algo sucedió. Y sin darse cuenta el viaje al norte no era más, ahora lleva dos meses en un refugio para niños en la ciudad de Guatemala.

Hernán, de tan solo 12 años, ha vivido en carne propia los horrores de una sociedad que no conoce limites y cuya ambición trasciende las edades. Antes de ser recogido por las autoridades en el Centro Histórico de la capital, pasó un mes y días vendiendo su cuerpo.

De acuerdo con su relato, Hernán dejó el departamento de Yoro a finales de septiembre, luego de que se convocara la Caravana que salió de San Pedro Sula, el pasado 1 de octubre. Junto a Efraín, el hermano de su madre llegó a la frontera y allí se separaron. “Yo pensé que el seguía adelante y me fui con otras personas a buscarlo, pero no lo encontré”.

Pasado un día y luego de pedir jalón a camiones y pick ups, Hernán y su grupo llegó a la capital de Guatemala. Allí la policía detuvo a una parte de sus acompañantes y él se escondió en el mercado central para evitar que lo detuvieran. “Con otros cuatro salimos corriendo y esperamos en el mercado”.

Llegada la hora de cierre, con hambre y sin saber donde estaba comenzó a escarbar en los basureros del área. Fue entonces que un joven se le acercó y le ofreció ayuda. “Sos de honduras, yo también venite conmigo”, fueron sus palabras. A decir de Hernán, aquel joven había llegado a Guatemala en una de las caravanas que salieron de Honduras antes de la pandemia del Coronavirus. “Se notaba que tenía rato aquí, conocía las calles y sabía a donde ir”, recuerda.

Hernán fue alimentado durante varios días, se le ofreció baño y cambio de ropa. “Nosotros te vamos ayudar, pero tu nos tenés que ayudar a nosotros”, recuerda que le dijo su “salvador”. Pero poco sabía el niño que todo tenía un precio. Los días pasaron y una tarde, mientras esperaba en una habitación, varias personas entraron a verle. Hasta que finalmente uno lo llevó a otro cuarto, donde le ofreció licor y ver una película. Luego de un par de cervezas, el recién llegado comenzó a desvestirse.

“Se quedó en calzoncillos y luego me dijo que hiciera lo mismo”, recuerda. Hernán le dijo que no, pero que siguieran viendo la tele. Tome otro poco y el me agarró la cabeza, estate quieto le dijo. “Lloré del dolor y hasta me hice por atrás”.

Aquel hombre se levantó, fue al baño y se fue. Inmediatamente después de su salida, entró al cuarto el muchacho que lo había sacado de la calle. “Viste que no es nada, así te podés quedar aquí y si te portás bien te vamos a dejar salir a trabajar en la calle”.

Pasaron las semanas y la novedad de Hernán se perdió. Ya no estaba solo en un cuarto, dormía con otros seis niños. Y una tarde le dijeron que se alistara para salir a trabajar en el centro. Se le dijo que caminara por el área del parque y que evitara irse más lejos de allí. “Te vamos a estar viendo y vas a cobrar Q200 por servicio completo y Q100 por oral”. Hernán salió a la calle y debía volver con un mínimo de Q1 mil diarios. “Los mismos compañeros estaban atentos a lo que uno hacia, y si veían algo, rápido llamaban a los más grandes”, asegura.

“Vi a otros que les pegaban por no hacer lo querían, y por miedo lo hacia”, relata Hernán con lágrimas en el rostro.

Finalmente, en una cafetería un policía escucho hablar a Hernán y antes de que pudiera salir corriendo lo agarró. “¿De donde sos vos patojo?”, de Honduras respondió el niño. Lo subieron a la auto patrulla y le llevaron a un juzgado. De allí, fue trasladado al refugio donde actualmente espera para ser retornado con su familia a Honduras.

Para Aracely Martínez, antropóloga y experta en temas de migración, el caso de Hernán es uno de miles en nuestro país. En situaciones de precariedad a los niños se les ve como desechables, “la gente está acostumbrada a nombrar a sus hijos hasta los 3 o 5 años de edad, se les da un nombre hasta que se logran”, asegura.

Martínez asegura que los niños que andan solos, sin protección, son blanco fácil para que puedan ser tratados. “Son explotados por un tratante que algo tiene que vender y es así como los niños se convierten en útiles para este sistema”, sostiene. Este niño paso la frontera de manera irregular, pues el gobierno no supo manejar el ingreso de esos miles de migrantes. “Debió existir otra forma de negociar con los migrantes antes de que muchos se separarán de sus familias”, asegura.

Eduardo Woltke de la oficina de personas migrantes de la PDH, asegura que quienes tengan información sobre casos de trata de personas pueden denunciar al número 1555. Allí podrán aportar información y se comenzará el proceso de investigación.

Hernán es hoy una víctima de una sociedad donde los niños son desechables y un Estado es incapaz de atender la explotación infantil. Y aunque aún aguarda para que su familia lo reclame, las cicatrices de lo que vivió en Guatemala le durarán toda la vida.

En Estados Unidos

De acuerdo con UNICEF, la detención y separación familiar son experiencias profundamente traumáticas que puede hacer que los niños sean más vulnerables a la explotación y al abuso. Un claro ejemplo es la detención de menores migrantes en centros de detención en Estados Unidos. Ted Deutch, congresista demócrata de los Estados Unidos, dijo que entre 2014 y 2018 el Departamento de Salud de ese país recibió mas de 4 mil 500 denuncias de abuso sexual sobre menores migrantes en custodia. Por otro lado, el Departamento de Justicia, también dijo que se reportaron otras 1 mil 303 denuncias adicionales en ese mismo período.

Nota:

Por razones de seguridad y para proteger al menor, se ha cambiado el nombre de su padre y tío. Estos según el refugio de niños para evitar que personas no relacionadas con el niño puedan reclamarlo.

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