Silvia Pablo González, de 22 años, es originaria de San Andrés Itzapa, Chimaltenango. Es la tercera de seis hijos y cuando tenía ocho sus padres se divorciaron. Fallecieron dos de sus hermanos y hace media década perdió a su papá. Su mamá se hizo cargo de la familia. Vivió en un terreno junto a sus abuelos, tíos y primos.


Nació con espina bífida y no conoció el mundo hasta que cumplió 17 años. En ese momento, su vida dio un giro de 180 grados y sí, el deporte tuvo mucho que ver en ese destino que ha forjado desde aquel momento.

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Durante su niñez y adolescencia, Silvia se mantuvo encerrada en casa. Pasaba los días escuchando música cristiana, viendo un poco de televisión y haciendo limpieza. Temía por su futuro y ser una carga para su familia.

Silvia se mantenía con pavor a crecer, a usar una silla de ruedas y salir a la luz. Llegó a pensar que moriría encerrada en un cuarto, desesperada y sin oportunidad de cumplir sus sueños. Creyó que era la única persona en una situación similar pero finalmente abrió los ojos.

A los 17 años comenzó a recibir apoyo de Hope Haven Guatemala, una asociación que desarrolla oportunidades para mejorar la economía, bienestar social e independencia de personas con discapacidad en todo el mundo.

Julia Cumez, una integrante de esta asociación, la tomó de la mano y desde entonces la ha guiado por el camino del éxito. La invitó a jugar baloncesto y Silvia nunca imaginó que podría lograrlo. Hoy es una de las mejores en su equipo y seleccionada nacional.

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Cuando ingresó al terreno de las acciones por primera vez se dio cuenta de lo mucho que podía hacer sobre ruedas. El deporte le encantó, la maravilló y la motivó a luchar por nuevas metas. La primera vez que sintió la pelota, tiró y encestó se dio cuenta que tenía una misión qué cumplir.




Debido a su condición física, Silvia nunca había estudiado y ahora está cursando básicos por madurez. También gracias al basquetbol cumplió su mayor anhelo: viajar en avión y conocer otros países. Se ha aventurado por El Salvador, Nicaragua, Canadá y Cuba gracias a sus diversas actividades; es una mujer luchadora y ejemplar.

Forma parte del equipo Asodis Vida, que entrena en el Parque Erick Barrondo de la capital y planea convertirse en un ícono de la disciplina. Silvia viaja en bus extraurbano y con mucho humor cuenta su primera experiencia trasladándose a la ciudad porque asaltaron la camioneta, pero esto no la bajó de su nube.

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Esta joven promesa también compite en carreras como la 10 y 21K, incluso acompañó a JC Pérez a una travesía, cuando recorrió los primeros 25 kilómetros. Guarda con especial cariño una medalla que le regaló un amigo en su primera competencia y quiere seguir participando, no solo por los triunfos sino por sentir el aire en el rostro y la adrenalina del evento.

Sin darse cuenta, la chimalteca cambió la frustración, sinsabores y tristeza por felicidad, inquietud y hambre por comerse el mundo. Trabaja en el área de costura de Hope Haven, creando bolsones de tapicerías para las sillas de ruedas que luego entregan a personas con necesidad, viaja, va al gimnasio, estudia, convive con su familia y ayuda económicamente a su mamá.

Silvia es muy activa, sonriente, feliz, agradecida, disfruta al máximo todo lo que la rodea, es curiosa y siempre dispuesta a ayudar. Mueve constantemente sus pies y sus ojos bailan mientras recuerda con optimismo todo lo que ha atravesado.

Esta atleta sabe que debe esforzarse constantemente para mejorar su técnica y llegar a dirigir a las próximas generaciones. El baloncesto y el atletismo se convirtieron en su pasión, quiere seguir luchando para enorgullecer a sus padres y se ve por muchos años más reflejando su inmenso amor a través del deporte. 



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