Cada año, con el florecer de las jacarandas, se ha presentado la polémica de dos grupos irreconciliables: los pro-procesiones y los antiprocesiones, los que se atacan y descalifican entre sí.

Es marzo y el incienso ha empezado a perfumar las calles del Centro Histórico de la capital. El período litúrgico penitencial de la Cuaresma se ha hecho presente y con ello la puesta en escena de una disputa histórica de dos grupos irreconciliables que se insultan y descalifican entre sí.

Por un lado están los amantes de las procesiones, los que disfrutan de vestir el morado penitente y año con año cargan en hombros a las imágenes de pasión que recorren las calles de la zona 1. Por otro lado están los que odian estas manifestaciones de fe y en cuya argumentación está siempre el tema de libre locomoción. La queja eterna: el embotellamiento vehicular que causan los cortejos.

A continuación haré un par de consideraciones para ambos grupos. El argumento frecuentemente utilizado por los amantes de estas tradiciones es bastante trillado e intolerante: “Si no les gustan las procesiones, váyanse a vivir a otro lado de la ciudad, alejados de la zona de influencia donde estos cortejos se realizan”.

Quiero empezar mi argumentación con la afirmación de que yo pertenezco al grupo que ama las procesiones. No obstante promover la migración de unos, que están en su derecho de no ser afectos a estas tradiciones, me parece una respuesta con una clara ausencia de sentido común.

Y entonces, ¿qué hacemos? ¿Prohibimos las procesiones o las migramos a un procesionódromo, una especie de hipódromo exclusivo para estos cortejos? Claro que no, las procesiones deben continuar sus recorridos en la ciudad, en la zona 1.

Es imperativo explicar que estas manifestaciones de fe trascienden lo religioso y son un elemento de identidad cultural para el país (atraen turismo, reactivan la economía formal e informal, unen a personas, las organizan y permiten la recuperación de espacios públicos que durante el año son intransitables, dados los graves problemas de inseguridad de esta zona). En otras palabras, los días de Semana Santa permiten al ciudadano retomar su centro y caminar en él.

Entonces, qué pasa con los que no son afectos a estas manifestaciones de fe. Desde luego que podemos y debemos ser más tolerantes. Mandar a migrar a los que no les gusta es un completo sinsentido. Podemos, por ejemplo, permitir el paso a los residentes que no están interesados en postrarse durante horas en una acera para contemplar un cortejo multitudinario.

Podemos, por ejemplo, reordenar la elaboración de alfombras, de modo que estas no obstaculicen el paso, incluso, muchas horas antes de la procesión. Me refiero a reconsiderar la elaboración de este arte efímero en vías claves o permitir un paso ordenado a la par de estas alfombras, con ayuda de la Policía Municipal de Tránsito.




¿Suena descabellado? De esta manera evitaremos o al menos reduciremos algunas molestias de aquellos que no son afectos a estas tradiciones.

Ahora hablemos de los odiaprocesiones. En principio, durante la Cuaresma y Semana Santa, las hermandades que organizan estos cortejos suelen informar con antelación acerca de recorridos y horarios. Otro elemento a considerar es que las procesiones de Cuaresma se realizan los domingos, cuando la afluencia vehicular es menor en toda la ciudad.

Durante Semana Santa, ya es sabido por todos que estos cortejos estarán en la zona 1, por lo que se recomienda, a los que no son afectos, intentar no frecuentar las calles de mayor influencia para evitar molestias.

El discurso irrespetuoso, comúnmente ateísta, de calificar estas creencias como estúpidas suele ser común en las redes sociales cuando se hace alusión a los católicos pro-procesiones. En principio, porque su visión es en extremo miope y eso les impide poder tener el criterio mínimo de analizar este fenómeno social desde una perspectiva antropológica que transciende la religiosidad.

Personalmente me sonrío de los ataques abusivos de ciertos ateos, que ven su falta de creencia espiritual y religiosa como un valor agregado que por arte de magia los convierte en “personas más inteligentes”.

Supongo que si el padre del genoma humano, el científico estadounidense ganador del premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica Francis Collins, es un deísta, quién soy yo para y cualquier ateo asociar las creencias religiosas con la inteligencia. Lo cierto es que veo lamentable cómo un elemento de identidad cultural, que posiciona a Guatemala en el mundo y que debería discutirse desde visiones antropológicas, religiosas y sociales en el marco del respeto, divida a un país per se fragmentado en mil pedazos.

A los amantes de las procesiones, como yo, los invito a discutir y argumentar en el marco del respeto, así como a comprender que esto no puede ser para todos. También los exhorto a que hagan un examen de consciencia, si algunas actitudes prepotentes adoptadas en estas fechas son propias del cristianismo que intentamos profesar.

A los odiaprocesiones los invito a abrir la mente y analizar desde enfoques antropológicos y sociales este fenómeno y entender que aunque no les guste, la Semana Santa es un elemento de identidad nacional que trasciende fronteras. Puede, por ejemplo, no gustarnos la arquitectura maya, pero negar su grandeza es un sinsentido. 

Y usted, ¿de qué bando es? ¿Podría ser su postura más tolerante y menos radical?


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