Las colas en el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS) son largas y llenas de pena. Hay quienes buscan ser atendidos, llegan referidos o en busca de un familiar que el COVID-19 les arrebató de sus casas. Y es el hermetismo del seguro social el que los lleva de la angustia a la esperanza, pasando por la muerte.

Las vidas de Gabriel G. y Ricardo B., de 75 y 50 años, no tienen nada en común. Uno se dedica a recorrer el país para hacer ventas de maquinaria, mientras que el segundo es guardián en un edificio de la zona 1. Pero hoy sus caminos, y los de sus familias, están unidos en la angustia y las mentiras del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS).

El vendedor comenzó hace dos semanas con molestias y fue al Hospital Centro Médico, donde le cerraron la puerta y lo dejaron a la deriva. Luego de ir a otras dos emergencias privadas y sin más opción, el IGSS fue su última parada. “Llegó, entró a la emergencia, le hicieron el hisopado y no lo volvimos a ver”, recuerda su hijo Joel.

El guardián, en cambio, llevaba dos días con fiebre y un colchón empapado. Al tercero, su esposa Rosaura, decidió que era demasiado y lo llevó al mismo hospital del IGSS en la zona 9, a donde unos días después llegaría Gabriel. Entró, lo examinaron y se quedó interno, recuerda Rosaura. “Lo único que nos dijeron es que la ropa que llevaba la quemaron para evitar contagios”, aseguró la esposa. Desde entonces, las dos familias comparten un hospital, la angustia y una pena. Por un lado, el silencio del IGSS y su negativa a dar información y por el otro, que la poca que dan es confusa y alarmante.

Joel recuerda ese jueves 28 de mayo, un día después de que su padre ingresara al seguro social a la unidad de shock, mientras esperaban noticias. Entrada la tarde, una llamada les deshizo su mundo. Su mamá y su hermana lloraban desconsoladas, la noticia de la muerte de Gabriel devastó a la familia. Y lo más duro, recuerda Joel, fue que al preguntarle a la enfermera esta se limitó a decir: “Mire aquí se muere la gente y se la llevan rápido para enterrarla, no estoy autorizada para decirle más”. Horas después, otra llamada, donde les dijeron que no estaba muerto, sino más bien inconsciente, pero vivo. Entre el alivio y la angustia, la familia de Gabriel estaba inquieta, pues era mejor pensarlo fuera de sí, que muerto. Sin embargo, la duda volvió a la casa del comerciante cuando una tercera llamada, minutos después, les advirtió que él estaba conectado a un respirador y no sabían cuánto tiempo más viviría.




Y fueron estas inconsistencias, de llevar a Gabriel desde la muerte a la inconsciencia, de un respirador a su último suspiro, lo que les obligó a salir por la noche hacia la zona 9. Allí, acongojados, esperanzados y molestos, Joel y su madre pidieron ayuda. Pero una vez más, las reglas del IGSS se impusieron, “aquí no les podemos decir nada o se nos hace problema”, recuerda Joel que le dijo el hombre al otro lado de la reja.

Así pasaron los días, hasta que se cumplió una semana. Gabriel podría haber estado muerto, inconsciente o conectado a una máquina, pero nadie sabía nada. “Fueron cinco días de no saber y eso lo mata a uno”, resintió Joel. Y finalmente, el jueves 4 de junio, una llamada les dio un respiro. Era Gabriel, quien había logrado que una enfermera le prestara su teléfono para contactar a su esposa e hijos. “Lloramos como el día que nos dijeron que estaba muerto, lloramos y le dimos gracias a Dios”, recuerda la familia.

“Un día nos dicen que se murió, otro que está inconsciente, otro que está en un respirador y de repente que está bien”, Joel.

El caso de Ricardo no dista mucho del de Gabriel. Con la variante que, para Rosaura no hay contactos, no hay amigos en el IGSS y comprar saldo del teléfono para llamar no está en las prioridades. “Yo guardo el dinero para pagar el viaje desde mi casa y por si hay que comprarle medicinas, aunque me tenga que venir todos los días a buscarlo”, aseguró. Y es esa búsqueda la que la lleva a diario desde la zona 9 a la unidad periférica de la zona 11 y luego al Hospital General Juan José Arévalo Bermejo, en la zona 6. “Pero nadie sabe nada de él y no me dan razón”, se lamenta.

Ahora, la familia de Gabriel tiene otra razón para no dormir. Desde que se dio su ausencia y que las caras largas aparecieron en la casa, los inquietos vecinos comenzaron las averiguaciones. En su condominio se corrió la noticia de que estaba interno en el hospital y que luego había muerto. El pánico se apoderó del pequeño residencial y la familia de Gabriel se convirtió en los parias del lugar. Los vecinos, desde hace una semana les han pedido que se vayan. “Entiendo que tengan miedo, pero no tenemos a otro lado donde ir”, asegura la esposa de Gabriel. Ya les advirtieron que tienen hasta este viernes para salir de la casa y dejar de exponer a los demás condominios. “Ya no sabemos qué hacer, por un lado, nos quieren echar de la casa y por otro mi papá está en un hospital donde no nos dan información, un día está muerto, otro inconsciente, otro con oxígeno y luego silencio”, recrimina Joel con lágrimas en los ojos.

La familia de Gabriel tiene miedo. Miedo de perder al patriarca y de ser expulsado de su hogar. “Tenemos miedo que no lo vayan a atender bien o incluso que lo metan al congelador por represalia si decimos algo”, se lamenta Joel García. Mientras que la esposa de Ricardo solo tiene dudas y angustia. “¿Dónde está, solo quiero que me digan dónde está?”, se lamenta la que no sabe si hoy es viuda o la esposa de un paciente del IGSS.

De acuerdo con Comunicación Social, la política del IGSS es que los familiares puedan tener acceso a la información de sus pacientes. “Cada unidad tiene un número de teléfono para dar información de los pacientes, pero en épocas de COVID-19 se habilitaron líneas para dar la información, allí hay personas que les pueden atender”.


Al momento del cierre de la nota, el IGSS envió respuesta al cuestionario que le enviamos el día anterior. Aquí su respuesta:


“Cada unidad está contactando a los familiares para darles información sobre sus pacientes y es mejor hacer averiguaciones por la vía telefónica”, Comunicación Social del IGSS. 

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