Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Desde niño, “El Henry” no era un lugar extraño para Rolando. Allí, en la parte baja del Palacio de la Policía (actual Ministerio de Gobernación), todos se daban cita. Ricos, pobres, novatos, mujeres, hombres, ancianos y jóvenes debían atender la cita para la renovación y la primera. Eran tiempos de bonanza, pero la llegada de la tecnología lo cambió todo.

Todavía recuerda el olor a encerrado de la pequeña oficina de la 6a. avenida “A”, pero más aún el retumbar de las teclas de la Royal Quiet De Luxe; la que su padre le decía era la pieza más importante del trabajo, luego de la buena relación con los trabajadores del gobierno. “Entraban y salían hojas del carrete, clack, clack, clack… y las campanas tronaban cuando el margen se corría. Era un caos maravilloso, todo era a mano”, relata.

Allí aprendió el oficio que le valió para conocer el Puerto San José, Atitlán, Izabal, y tan lejos como Huehuetenango. “Ofrecíamos todo tipo de servicio a los clientes, pero el que resultaba más beneficioso era el de las licencias de conducir”, recuerda hoy el cincuentañero.

Mientras su padre se encargaba de las diligencias en Finanzas y su hermana de Migración, Rolando estaba al tanto de todo lo relacionado con la Policía Nacional (PN). Renovaciones, denuncias, documentos, registros y cualquier cosa relacionada con “los polacos”, eran de su dominio.

Pero la vida cambia y sin darse cuenta, su pequeña hermana pasó a ser mujer. Una criatura y un desventurado la llevaron a vivir a la costa sur. Y fue así como Rolando se encargó, además de la PN, del tema de pasaportes.

El tiempo pasó y sin darme cuenta, yo también quise tener mi propia familia y me casé, pero no dejé a mi papá solo”. – Rolando Ventura.

Con sus ganancias del trabajo logró ponerle losa a la casa de sus padres y como pudo levantó una modesta vivienda en el techo de su jefe. Uno, dos, tres, cuatro y hasta un quinto hijo calzaron, comieron y vistieron de los ingresos que la pequeña oficina le daba a Rolando.

No había cumplido cinco años el menor de “sus bendiciones”, cuando lo inimaginable sucedió. Don Ricardo, el patriarca, y su corazón no daban más. Tras de sí dejaba una viuda y la responsabilidad de una oficina a su varón. Sin miedo y con la fe puesta en que “Dios aprieta, pero no ahorca”, Rolando continuó con su labor.

Llegada la década de 1990, un nuevo fenómeno se veía venir: una comunicación que en Guatemala pocos entendían. La revolución de las computadoras corría y nadie la podía detener. Sitios de venta, compra, fotos y contenido inundaban la mente de todos, pero nadie previó que este fenómeno le costaría caro a los Ventura.

“Creímos que, como todo en Guatemala, el cambio tardaría mucho en llegar”. Pero no contaban con “El Canchito”, un empresario que llegó al gobierno en 1996 y tras él, una revolución en el Estado. “Vendió empresas públicas, realizó obras y trajo cambios en la forma de hacer las cosas con el gobierno”, explica.

De a poco, las instituciones del Estado comenzaron a adoptar la nueva tecnología y los portales oficiales empezaron a proliferar. Sin aviso y como una corriente de río bravo, la tecnología estaba en todos lados. Trámites por los que antes se podía cobrar o que las personas no tenían idea de cómo hacerlos estaban a un clic.

Luego vino el tema de los pasaportes y las licencias. Fueron concesionadas a empresas internacionales o locales que ofrecían “rapidez y seguridad”, y así el negocio de los Ventura comenzó a sufrir. “Cada vez era más difícil conseguir personas para hacerles trámites, pues ya casi todos sabían cómo hacer las cosas y no pagaban por los servicios”, manifiesta.

“El Henry” se fue del Palacio de la Policía y fue Maycom la que se encargó de las licencias. Ya nadie necesitaba del servicio”. – Rolando Ventura.

Para abaratar costos, Rolando subarrendó la mitad de su pequeño local. Ahora no era una oficina de trámites, sino dos y un lugar para fotografías, pero aun así el negocio no daba. Ya el menor de sus hijos estaba por cumplir los 12 cuando doña Adela se durmió y no despertó.

Rolando y su “pequeña familia” decidieron bajarse a la primera planta de la casa. Alquilaron el segundo nivel para compensar los ingresos que se perdían en la oficina y así seguir a flote. Pero la renta no duró mucho, el primero de sus hijos hizo la gracia y antes de cumplir los 40 lo convertirían en abuelo, por lo que despachó a sus inquilinos y le dio el espacio a su hijo.

La estocada final llegó con la modernización total del Estado. Todo está en la red y se puede hacer desde allí. Finalmente, la carga financiera de la oficina se volvió demasiada y fue necesario cerrarla. “Yo no quería, pero ya no podía pagarla”, lamenta.

Como ha podido, ahora se dedica a hacer mandados y alguno que otro trámite para gente que viene del interior y paga, pero no es un ingreso constante. Hoy, sus tardes se le van en ir a los registros a ver quién tiene cara de desencajado y no sabe qué hacer, y allí es donde Rolando ve una oportunidad.

Además, hago mandados y cualquier cosa que me dé dinero para llevar comida a mi casa”. – Rolando Ventura.

De toda esta experiencia, Rolando tiene clara una cosa. El mismo silencio que vino sobre las máquinas de escribir, también vendrá sobre el oficio que heredó de su padre: “Facilitador de trámites”. 

Todas las noticias, directamente a tu correo

Recibe todas las noticias destacadas de Relato.gt, una vez por semana, 0 spam.

¿Tienes un Relato por contar y quieres que nosotros lo hagamos por tí?

Haz click aquí
Comparte
Comparte