Horacio nos contó que, cuando se trata de dinero, solo queda confiar en el tacto y en el prójimo; pero ambos alguna vez fallan.
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El mundo puede ser cruel y en 50 años de ser ciego y vender números de lotería, Horacio recuerda que muchas veces se ha topado con casos en los que la pasó mal.
Cuatro asaltos, billetes falsos y estafas de personas que se aprovechan de la oscuridad en la que vive. Aunque no todo es malo, la vida le ha compensado estos malos ratos con dinero, o simplemente la satisfacción de haber vendido el número ganador. Horacio comenzó así su Relato, explicando cómo son las transacciones económicas cuando no se ve.
Llegamos a él luego de acudir a la Lotería Santa Lucía para asesorarnos acerca de cómo tratar y de qué forma acercarnos a una persona sin visión y entrevistarlo. Principalmente para no pecar de tacto de elefante.
Así fue como nos enteramos de que el término correcto es ciego y que hay gente que se aparca en la 5a. avenida para robarles los números de la lotería.
ASALTOS A CIEGOS
Aunque ha sido víctima de estafas por no poder distinguir el valor nominal de un billete, Horacio es bastante comprensivo con el Banco de Guatemala y las especificaciones con que los emiten que, claramente, le desfavorecen.
“Los billetes no están marcados con números braille. No existen, creo yo, porque tendría que ser un billete muy especial. Lo que sucede es que como se tiene que perforar [ grabar los signos] tendría que ser un material muy resistente, y cuando la gente manipula el billete la perforación se pondría borrosa. Tendría que ser un papel muy caro”, dice.
Se presenta como agente vendedor de números de lotería, al tiempo que se ríe de sí mismo. En el tiempo que ha estado en el negocio lo han asaltado cuatro veces.
La primera vez fue con pistolas, fue en la 12 calle frente al edificio de Correos. Horacio descansaba frente a un almacén cuando, de pronto, la venta del día se vio interrumpida por un track. Después vinieron los insultos.
“¡Bueno hijos de puta, este es un asalto y todos se tiran!”. Horacio se quedó recostado, para ese momento todavía no entendía muy bien qué estaba pasando y optó por seguir en su mundo en el que los gestos de los transeúntes no le afectan.
“Mi patoja me dijo que no era mentira”. Un cañón en la espalda y otro en el corazón le confirmaron qué sucedía en ese momento; el vendedor se tiró sobre su bolsón. Esa tarde perdió Q300. “Los número no los querían, quizás no sabían de ellos”.
El segundo robo fue al otro lado de la calle donde conversábamos; la agresión fue mayor esa vez. Con arma en mano lo levantaron a él y a sus colegas ciegos para registrarlos por completo. Incluso volcaron el sillón en el que estaba para ver si no ocultaban ahí sus ganancias.
“Esa vez sí, mire usted, nos dejaron en Pinula [sin nada], todas las bolsas, cheques, números, dinero, hasta el último centavo se llevaron. Nos costó volvernos a levantar, solo Dios y el trabajo duro necesitamos para reponer todo”. Los otros dos asaltos ocurrirían en el Hospital Robles y en el Anillo Periférico.
CADA TRANSACCIÓN ES UN ACTO DE FE
Antes de llegar con Horacio creíamos que los vendedores de lotería desarrollaban un don especial para identificar billetes, que con la misma velocidad con que identificamos el color de la moneda, ellos podrían saber si era de Q5 o de Q50. Eso, sencillamente, no ocurre.
“Mire patojo, cuando le devuelven vuelto, uno siempre pregunta de a cuánto es. Uno tiene distribuido el dinero en sus bolsas, pero hay otros que le hacen un doblez para saber qué billete es, o un enrollado. Yo solo así mire”. En ese momento sacó una bolsa de plástico con dinero. Tres paquetes doblados por la mitad y cada uno con un hule, distribuidos por denominación; en uno hay billetes de Q100; los de Q10 y Q20 están en otro paquete. Por último uno de Q5, más monedas.
Horacio dice que el problema es que el tacto no siempre es fiable, la dificultad está en los diseños y cambios que se han hecho en la moneda en los últimos años.
“Mire [saca un billete], estos son de a Q5, este por ser veterano es de Q10”. La confusión para el agente vendedor de suerte empieza con los nuevos billetes de Q10, cambia la textura y no tiene un distintivo al que Horacio pueda acudir.
Cuando creíamos que todo estaba perdido para los ciegos en el mundo de los negocios, Horacio nos da un tip que nos hace recordar por qué admiramos tanto a los no videntes.
“Para usted, ¿cuál billete tiene pelos?”. Nos quedamos en silencio esperando si se reía por el albur, pero siguió serio: “Es el de Q100. En la orillita usted lo toca, y ahí están, se sienten”.
La vida es un poco más complicada para el vendedor, muestra las manos endurecidas por los callos, las yemas de los dedos han perdido sensibilidad. “Pero si usted agarra uno de a Q100, así con ternura, los siente”.
Los de Q200 le resultan más fáciles de identificar por la textura y el realce que tienen. Los de Q5 los recuerda (en alguna época de su vida sí veía) porque tenían el rostro de “un pelón… se podía detectar la cabeza, a lo lejos me acuerdo de cuando miraba que tenía a un pelón”.
Horacio no solo ha perdido dinero por los ladrones, también por los clientes aprovechados. “Todos los billetes son del mismo tamaño y se mezclan… llegan con uno que les dé un cachito, dicen que el billete es de Q20 y que me apure porque están parando el tráfico”.
En estas prisas, Horacio ha recibido rectángulos de papel bond o periódico, recortados con el mismo tamaño que un billete.
ENTRE FICHAS
El único reclamo que tiene Horacio contra el Banco de Guatemala es respecto de sus nuevas monedas, “Cómo la jodió el Banco”, se queja. Antes para detectar las fichas de Q0.25 era fácil porque eran lisas del borde, ahora tiene ranuras, igual a la moneda de Q1. Entonces Horacio tuvo que echar a andar su ingenio.
“Toca buscar entonces otro detalle, ahora compara y ve que la de Q0.25 es un poquito más pequeña que la de Q1. Ahora con las monedas nuevas, esas pesan menos. La moneda vieja de Q0.25 pesa, la de ahora no y la misma historia con la vieja de Q1. Qué le digo, todo tiene su secreto y su maña”.
Otras formas de estafa
En más de una ocasión, Horacio ha recibido la mitad de un billete y pegada otra mitad falsa. Con la prisa él los acepta y se da cuenta del engaño hasta cuando llega a la Lotería.
“Recuerdo una vez que me habló un señor y me pidió que le cambiara un premio de Q500, era un dineral entonces. Me dijo que le diera varios números y el resto en dinero. ‘¡Qué venta más topada!’, dije yo. Y en eso se fue. Cuando regresé a la Lotería era falso el número de lotería que le cambié”.
Todas estas “vaciladas”, como le llama él, repercuten directamente en su bolsillo. Los números que compran al Comité ProCiegos no son al crédito o consignación, cada cachito que venden en la calle es una inversión propia.
Este año Horacio cumple medio siglo de vender números de lotería. El tiempo pasa y la vida en la calle le estropea los nervios, se llena de humo, polvo y aceite. Asegura que come con las manos sucias porque no puede descuidar la tienda [ríe], pero esto no lo desanima. “La satisfacción más grande es cuando se le han vendido muchos premios grandes al pueblo”.