Cualquiera de nosotros puede fácilmente identificar los temas que dividen a nuestra sociedad. La ideología política, un equipo de fútbol de España, la religión, y otras tantas.
Pero hay una división de la que no hablamos mucho, y aún así, está presente todos los días de nuestra vida: y es la división digital.
Me refiero a dos grupos de personas que el pensador digital Marc Prensky llamó Nativos Digitales e Inmigrantes Digitales.
Los nativos digitales son el grupo de personas que nacieron cuando el internet ya se había popularizado. Por lo que nunca han pensado, “¡esto es nuevo!”, ellos piensan “esto es lo normal, esto es el mundo”.
Debido a que el término “nativo” en este caso es una analogía de una persona que nació en un territorio, la idea de los “nativos digitales” se plantea como una forma de territorializar el tiempo.
Considerando que el “territorio” es un espacio geográfico que tiene límites, podemos pensar también, en los “inmigrantes digitales”, aquellas personas que no nacieron en el territorio (o más bien en la época) digital, pero que emigraron hacia él.
Tradicionalmente se piensa que los nativos digitales serán mejores en su capacidad de aprendizaje. Curiosamente, a los nativos digitales les cuesta entender por qué para los inmigrantes digitales algunos aspectos de la tecnología representan un reto. Al mismo tiempo, los inmigrantes digitales señalan que los nativos digitales son demasiado dependientes de sus dispositivos para sobrevivir.
Un inmigrante digital tenderá a encontrar una dirección sin Waze más fácilmente que un nativo digital. Por el contrario, para el nativo digital, llegar a un lugar es una tarea que no requiere “quebrarse la cabeza”, gracias a las múltiples apps y servicios que puede utilizar.
Sin embargo, el analista Sree Sreenivasan, plantea que esta división no debe existir, porque cada grupo puede aportar algo a la construcción de una sociedad más productiva.
Los nativos digitales y la moneda de la privacidad
El nativo digital estará más dispuesto a hacer un trueque en el que entrega su privacidad, a cambio de ganar acceso a más poder tecnológico.
Por ejemplo, hay juegos o plataformas a las que se pueden acceder haciendo “log in” con una cuenta de Facebook.
Si bien a la mayoría de los nativos digitales este paso les parecerá una transacción normal, un intercambio de puro trámite, muchas veces no están conscientes de que están permitiendo que las empresas detrás de los juegos tengan acceso a su información para fines comerciales (en el mejor de los casos).
En este caso, el nativo digital no pregunta, no cuestiona. El entregar su información es simplemente parte de un ecosistema que va normalizando cada vez más la evaporación de eso que en el pasado llamábamos privacidad.
Por el otro lado, el inmigrante digital tenderá a cuestionar más, a ser más cauteloso, porque trae consigo un bagaje de experiencias en el mundo real, en el que hay entretenimiento, pero también hay peligro, hay aprendizaje, pero también hay engaño.
Independientemente de si eres un nativo o un inmigrante digital, te invito a considerar estos aspectos. No debe haber una división entre ambos grupos, más bien, debe haber entendimiento y colaboración.
Los nativos digitales pueden aprovechar la experiencia de los inmigrantes, y al mismo tiempo, los nativos digitales pueden enseñar a los inmigrantes digitales, a adaptarse más rápidamente a las nuevas tecnologías.