Elmar René Rojas imagen

Una de las figuras protagonistas del arte visual latinoamericano se ha marchado. Elmar Rojas trasciende con un legado surrealista y mágico.

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Guatemala es un país de protagonistas. En la historia de sus artes visuales abundan contribuciones plenas de encuentros que, de haberse realizado en el extranjero, serían evaluadas con justicia por el sustento de sus aportes. Muchos de los creadores de la Generación del 40, por ejemplo, poseían el germen para merecer el aval del universo internacional. Las circunstancias, la falta de plataformas, el aislamiento del país, redundó en que pocos consiguieran ese anhelado “cross over” y con él, la transición hacia un reconocimiento global. Escaño que Rojas subsanó con holgura.

La vida artística de Elmar Rojas comienza a finales de los años 50 en la Escuela Nacional de Artes Plásticas. Momento singular debido a las circunstancias políticas que vivía el país por la contrarrevolución y, especialmente aquella institución, por la filiación conceptual de los maestros con la Revolución de 1944. Desde ese primer momento Elmar Rojas dio muestras de liderazgo al fundar, junto a sus compañeros, la Asociación de Estudiantes de la que fue su primer presidente. También colaboró con el periódico interno Color y Forma.




A nivel nacional, ya desde el año de 1957/8, empezó la cosecha de premios de los certámenes en los que participó. Era un colorista muy particular, con una sensibilidad sutil, cuya figuración tendía a caminar hacia la síntesis. Junto con otros artistas de la generación del 60, que también tenía lazos con la Universidad de San Carlos de Guatemala, se internó en el camino del “informalismo” y por ende a explorar lo abstracto experimental. Punto de partida para una serie de trabajos en los que abandona temporalmente el color y que, desde principios de esa década, se desarrollan paralelamente con el inicio del conflicto armado.

En los años 60, además de ser parte activa de la asociación de estudiantes de la ENAP, se integra al Círculo Valenti. También conformaría en 1969, junto a Marco Augusto Quiroa y Roberto Cabrera, el Grupo Vértebra. Organización que incluiría poco después entre sus filas a Ramón Ávila, Enrique Anleu Díaz y Gilberto Hernández. Artistas, todos, que dieron a conocer su labor a la vera de los contundentes murales del Centro Cívico. Aunque Vértebra a penas operó por un lapso menor a los tres años, se trasformó en un referente cultural obligado. La obra de Elmar Rojas, potente, contestataria, valiente, dueña de una composición particular, marcó las de artistas más jóvenes que llegarían a apropiarse de algunos de sus motivos reclamándolos como propios. Más adelante, en los años 80 y hasta el entre siglo, muchos pintores estarían notablemente influenciados por su estilo y colorido.

Los 70 y la actividad fuera del país, lo llevaron por otros rumbos expresivos. Vuelve a retomar el color vibrante y suelta algunos de los temas políticos en pos de contenidos más cosmopolitas. Es el momento en que aparecen sus series sobre Roma, “El tema de Lara”, mismos que poco más adelante desembocarán en las series de Taboga y personajes surrealistas nutridos desde la cultura popular guatemalteca. Son años en los que conquista distintas bienales internacionales y se hace poseedor de valiosos premios que lo ubican entre lo más sobresaliente de la pintura latinoamericana. De hecho, sus obras comienzan a llegar a distintos museos del mundo, entre ellos el Metropolitano de Nueva York. El resto es historia y todos están hablando de ella.

El artista, por lo tanto, no está muerto. Vive en su obra y con ella refleja un lapso brillante dentro del campo visual latinoamericano. El hombre, el amigo, ese personaje sencillo, inteligente y de capacidades histriónicas sí que se ha ido. Y ya lo extrañamos. Protagonista fraternal y cálido a quien le gustaba cantar y bailar. Culto, lleno de particularidades y ocurrencias. Agradecido con la vida que le tocó. Ese, queda en el recuerdo de los corazones de quiénes lo conocimos y tuvimos la oportunidad de verlo fluir. Elmar Rojas, el soñador, el surrealista, el mágico, descansa en paz. Quienes cultivamos su amistad le vamos a echar de menos.  




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