¿Se ha imaginado alguna vez un volcán arrojando lava incandescente en otro lugar diferente de la Tierra? Los astrónomos planetarios pensaron durante mucho tiempo, que las lunas de los planetas de nuestro Sistema Solar eran yermas y sin actividad alguna, muy parecidos a nuestra Luna.
Afortunadamente las ciencias naturales permiten resolver problemas de forma teórica y de forma experimental, y los descubrimientos científicos se hace en ambas arenas. Hacia finales de la década de los años 70 el análisis de lo que podemos ver desde la Tierra, permitió a los científicos establecer muchas propiedades de las órbitas de los satélites más brillantes de Júpiter: Io, Europa, Ganímides y Callixto. Estas conclusiones se basan en los estudios que hizo el matemático y astrónomo francés Pierre Simon de Laplace, quien concluyó en el Siglo XVII, que tres de las lunas de Júpiter, Io Europa y Ganímides tenían resonancias gravitacionales, esto es, cada vez que la luna Io da una vuelta alrededor de Júpiter, Europa da 2 y Ganímides 3. Esto tiene consecuencias muy dramáticas en la dinámica de la luna Io.
En 1979, unos días antes de que las naves no tripuladas Voyager I y II sobrevolaran Júpiter, un equipo de astrónomos planetarios liderado por Stan Peale, de la Universidad California en Santa Barbara, anunció que la luna Io debería sentir fuerzas de marea que producirían un aplastamiento/ensachamiento de la misma, lo que le provocaría una estructura planetaria como nunca antes se había observado, ya que estas deformaciones provocarían que el centro de Io estuviera en forma de roca fundida.
Básicamente, Stan Peale y su equipo predijeron la existencia de volcanes en Io sin que ninguno hubieran observado esta luna de Júpiter. Pocos días después de publicar su predicción, las naves Voyager I y II se acercaban a Júpiter. Pocos detalles geológicos se conocían de Júpiter y sus lunas, y el sobrevuelo de las mismas dejó un récord de descubrimientos sin precedentes. A medida que la Voyager 1 enviaba imágenes de Io, los especialistas las revisaban cuidadosamente. Fue en una serie de imagenes de Io, tomadas a contraluz, cuando Linda Morabito, notó una pluma de material en el limbo de la imagen, interpretándola correctamente como la pluma de material expulsado por un volcán.
Este evento de marzo de 1979 marcó el comienzo de una serie de descubrimientos sin precedentes en esta luna del distante Júpiter, todos ellos asociados a volcanes activos, los volcanes predichos por el equipo de Peale. Luego de la Voyager 1, la Voyager 2 realizó muchas imágenes que confirmaron la actividad volcánica y 15 años después, la nave espacial Galileo confirmó y permitió estudiar con más detalle la actividad volcánica de esta luna.
Io fue observada por primera vez, por Galileo Galilei alrededor de 1610 y forma parte de las cuatro lunas mayores del sistema Joviano con Europa, Ganímides y Calixto. Con sus 3,600 kilómetros de diámetro, Io se encuentra a unos 770 millones de kilómetros del Sol y a unos 420,000 kilómetros de distancia de Júpiter.
Estar tan cerca de Júpiter tiene sus consecuencias y en el caso de Io, la primera es que Io recibe enormes cantidades de radiación provenientes de Júpiter. Peor aún, la cercanía al planeta Júpiter y su posición respecto a las otras lunas, Europa y Ganímides, provoca que esta luna sufra fuerzas de marea enormes. Esas fuerzas gravitacionales son tan tremendas que ejercen una fricción enorme en el interior de Io con lo que la deforman. Debido a esto, el interior de esa luna se encuentra compuesto de roca fundida que logra escapar por fisuras, calderas y volcanes. En la superficie de Io encontramos unos 400 volcanes activos. Io es, geológicamente hablando, el lugar más activo del Sistema Solar.
BLOG: MIRADOR DEL COSMOS, POR EDUARDO RUBIO
Astrónomo de profesión. Nómada del tercer planeta desde el Sol. Admirador de atardeceres, del mar y las montañas. Apasionado de las miniaturas a escala y de la historia. Lea todas sus columnas en este enlace.