Carmen de Pettersen legó a Guatemala una colección de obras en las que documentó los trajes regionales del altiplano. Se trata del registro más importante sobre vestimenta maya en la actualidad. Sus dibujos permitieron apreciar un arte que antes se veía con desdén. Pero más allá de su trabajo por el rescate de la indumentaria maya, Carmen también fue una gran paisajista. Aunque poco valorada en su época, sus cuadros –con precisión académica– revelan la historia del café, de los cultivos de la bocacosta, las migraciones agrícolas y el cambio en el paisaje nacional. Esta semana el museo Ixchel inauguró una muestra con algunas de estas pinturas.

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Definitivamente no era la boda que había soñado. El novio llegaba acostado en la parte trasera de un camión, prácticamente en los huesos y con una fiebre que estremecía todo su cuerpo. Había quien decía que lo mejor era no casarse, que se convertiría en viuda casi al instante. Pero Carmen quería casarse y Lief también. Lief, de hecho, lo quería desde hacía mucho tiempo, desde que la vio a orillas del Támesis y se prometió a sí mismo: “Ella será mi esposa o no tendré ninguna”. Quería casarse aunque eso fuera lo último que hiciera en su vida. Había vencido un océano de distancia. Estaba en Guatemala, luchando con la malaria, derrumbándose frente a la mujer que amaba.

La boda se celebró. Abrieron alguna botella de champán, pero en realidad era muy difícil beber en aquellas circunstancias. Cuando todo terminó, Carmen le dijo a la familia de su esposo que lo llevaría a la ciudad de Guatemala, al mejor hospital posible. Los parientes políticos no estaban de acuerdo: un viaje en tren desde Retalhuleu, en aquellas condiciones, no era buena idea, así que le dijeron que no. Eran los años veinte y los caminos parecían eternos. Pero Carmen era ya la esposa y estaba dispuesta a desafiar a su familia y a llevar a su marido a cuestas si era preciso.

“Esa misma noche, Carmen y Leif abordaron el tren con poco equipaje y un quintal de hielo. Sobre el mismo colocaron las botellas de champán sobrantes de la ceremonia con el fin de tener algo para hidratar al enfermo durante el viaje. Rompiendo el silencio nocturno, el tren atravesó el calor de Retalhuleu, dejaron atrás la humedad escuintleca y los olores de la bocacosta. Muchas horas después, chorreados de champán, llegaron por fin a Guatemala. Sacar a Leif de la crisis, además de enfrentarse a Mister Lind, no había sido poca cosa. Para vivir en el trópico había que prepararse”, cuenta Rosina Cazali.

Carmen de Pettersen estaba preparada para el trópico. Aunque quizá el trópico no estaba preparado para ella. Fue una paisajista poco reconocida en su época, pero que legó una obra maravillosa, que documentó una época y que recorrió los cambios abruptos de la Guatemala rural, del paisaje y de las migraciones agrícolas. Este mes el museo Ixchel ofrece una muestra con una treintena de sus cuadros, algunos de ellos no se habían expuesto antes, que recorren su carrera desde los años treinta hasta mediados de los ochenta. Estará abierta hasta el 28 de febrero. La curación e investigación estuvo a cargo de Rosina Cazali.


Carmen en Guatemala

En sus ojos había verde. Y azul. Un cielo que se tragaba a la vegetación. Una vegetación que parecía infinita. Flores, lagunas, bambú, hierba y hiedra. Plantas que no había visto antes y otras cuyos colores le recordaban a los jardines londinenses. Carmen Pettersen volvió a Guatemala con ojos nuevos, con manos entrenadas para crear trazos perfectos y encontró aquí algo que le había acompañado toda su vida: la caricia de la naturaleza, el susurro que hacen las hojas de un árbol cuando el viento las mece. Y se dedicó a pintarlo. Ocupó toda su vida en recrear los paisajes de un país que se los regalaba a cada paso.

Lo hizo con dedicación, con la persistencia de quien sabe bien qué es lo que tiene que hacer, aunque no tenga claro para qué ni por qué. “La acuarela fue para Carmen el medio por excelencia para penetrar las compactas masas de vegetación de la bocacosta. Hoy pueden valorarse como un documento que ilustra la vegetación silvestre, la transición entre la selva a las plantaciones y el día a día de los trabajadores de las fincas situadas en la zona”, cuenta Cazali.

Las pintiruas Carmen de Pettersen estarán exhibidas en el Museo Ixchel 

Carmen nació con el siglo. Iniciaba 1900 y su padre, Arthur Henry Gehrke, un empresario inglés, había sido destinado por la Rosing Brothers and Company para velar por sus intereses en toda la región centroamericana. Así que la familia se estableció en Guatemala. Muy cerca del Templo de Minerva, en el Barrio de Jocotenango. María Magdalena Soledad de María, de origen mexicano, cuidaba de sus pequeños hijos Enelda y Arthur. Allí nació su tercera hija, a la que nombraron Carmen Dorothy Gehrke de María y Campos.

Pasó sus primeros años en una casa donde abundaban los extranjeros y las reuniones sociales. Su padre era, además, cónsul honorario de Noruega. Pero muy pronto su mundo cambió de golpe, la empresa solicitó a Arthur volver a Inglaterra. Así que con cuatro años emprendió una larga travesía hasta Inglaterra.

En Inglaterra los dos hermanos mayores iban a colegio y como recién había nacido su nuevo hermano, Conrad, Carmen se encontró en el medio. Muy pequeña para ir con los mayores y muy mayor para el bebé. Así que la madre decidió enviarla a Kew Garden, para que pudiera correr y distraerse. Allí Carmen inició su estrecha relación con la naturaleza.

Carmen en los años 30, ya instalada en la Finca el Zapote

Desde pequeña tomaba una libreta y copiaba las flores y las plantas. A los nueve años ya era posible notar su talento y de mayor se formó en la academia Polytechnic Art School de Regent Street.

En 1923 la empresa decidió que Arthur volviera a Guatemala. Y la familia empacó de nuevo. Carmen volvía al país que la vio nacer y se reencontraría con las ceibas que tanto le gustaba trepar de niña. Antes de irse, Carmen conoció a un chico noruego que la dejó enamorada, se llamaba Leif Lind Pettersen y era sobrino de un amigo de su familia.




Al llegar a Guatemala se asentaron en la finca La Helvetia, que en ese entonces era propiedad de Walter Lind, un amigo de la familia. Poco tiempo después recibieron una visita inesperada: Leif Lind había viajado a Guatemala para apoyar a su tío en la administración de sus fincas.

Una vez recuperado de la malaria, Leif se decidió a comprar su propia finca. Se llamaba La Colonia y estaba en El Tumbador, San Marcos. Llegar era difícil, solo podían adentrarse a lomo de mula, pero salir era todavía más difícil. Empezaba la crisis del café y el panorama era desalentador. Aquel lugar era el fin del mundo para Carmen. Así que decidieron venderla y aventurarse a comprar un terreno en las faldas del Volcán de Fuego. Allí los recibió la finca El Zapote, el paraíso perdido que Carmen encontró.

Fotografía actual de la Finca El Zapote. Una vez al mes, abre sus puertas al público

En El Zapote Carmen destinó quince manzanas para construir su jardín. El sitio de su infancia. Con tres lagunetas a donde llegaban garzas costeñas, con árboles donde se podían ver loros y aves verdes y azules y rojas. Y allí empezó una de las obras más grandes de su vida: el jardín botánico. Lo diseñó y lo cuidó ella misma, durante años. Hoy en día es uno de los jardines más importantes de Centro América y está abierto al público un día al mes, sus herederos decidieron permitir el ingreso para que todos puedan beneficiarse de su majestuosidad.

Con la crisis del café, Leif y Carmen decidieron buscar nuevas rutas. Así fue como llegaron a la quinina, una planta que por ese entonces era altamente cotizada en el mundo. Servía para curar el paludismo y era vital para los soldados estadounidenses que incursionaban en el pacífico asiático. Era la única manera de sobrevivir. Sin embargo, el cultivo estaba monopolizado. Holanda y Japón se distribuían las ganancias y nadie más tenía acceso a la semilla. Pero hubo suerte, un empleado de la embajada estadounidense logró conseguirles una mata y ellos se ocuparon de sembrarla y hacerla crecer. Fue un éxito total y la familia se salvó de una crisis que hundió a muchos de sus colegas.

En su jardín, en su finca, Carmen desarrolló su arte. “Pettersen no perteneció a los colectivos de paisajistas que surgieron y tipificaron la plástica de las décadas de los 30 y 40 a la sombra del dictador Jorge Ubico. No participó en la construcción de ese sentido nacionalista que primó en la obra de los principales artistas del paisaje de aquellas décadas. Su rigurosa formación académica fue heredera de la particular relación inglesa con el entorno natural”, explica Cazali. “El universo de Carmen L. Pettersen fue un espacio privado pero no por ello ajeno a los distintos eventos que sucedían en las fincas de la costa. Observó los desplazamientos de los trabajadores entre el altiplano y la costa sur, entre los períodos de cosechas y el circuito de fincas asentadas en las ‘tierras bajas’ de Guatemala desde el siglo XX”.


Trajes regionales

En la finca Carmen descubrió los trajes regionales, se maravilló con las vestimentas de los peones o de las mujeres de la cocina. Y con el paso del tiempo fue descubriendo que estaban cambiando, que los tejidos elaboradísimos, los colores vibrantes y las telas orgánicas eran sustituidas por bordados simples en materiales prefabricados. Así que pensó que alguien tendría que documentar eso, dejar evidencia de la majestuosidad de las vestimentas antes de que se perdieran. Esa alguien era ella.

Una de sus amigas, Julia Plocharski, era dueña de una impresionante colección de trajes mayas y se ofreció a enviárselos junto a pequeños dibujos que mostraban la forma correcta de su uso. En Escuintla, Carmen los recibía entusiasmada. Le ayudaban los empleados de la finca, el jardinero, los mozos, la cocinera… todos posaban para que ella los dibujara con los atuendos mayas. Carmen ocupó seis años de su vida en este trabajo, que hoy se encuentra en el Museo Ixchel y que permitió la valoración y el estudio de los vestidos mayas.

En los años setenta Carmen se dedicó a documentar la indumentaria maya. Para ello pidió a los empleados de la finca que fueran sus modelos

En 1976 publicó el libro Mayas en Guatemala, la referencia más completa que existe sobre los trajes del altiplano nacional. Poco después le fue otorgada la Orden del Quetzal, por su aporte para la conservación del arte. “Sus paisajes empiezan a reflejar los cambios de algo totalmente selvático a ese paisaje que conocemos ahora con fincas de caña de azúcar, con propiedad privada”, comenta Cazali.

“Creo que nunca fue consciente de que estaba documentando la historia, porque ella era parte de eso, como el pez que está atrapado por el agua y no entiende que vive en el agua. Pero cuando se ve su trabajo se va entendiendo la cronología. Es una visión de mujer, en los registros hay poco de la visión de la mujer, en la historia del café de las fincas siempre es a través de los hombres, de la mirada de los hombres, de las economías producidas por los hombres”, agrega.

Al final de su vida y con problemas de la vista, Carmen se dedicó a la enseñanza, formó a otras pintoras y nunca abandonó su paleta. En 1986 presentó una exposición en la Escuela Nacional de Artes Plásticas.

Carmen falleció en 1991, en Guatemala. Su amor por la naturaleza no lo abandonó nunca. 

Carme recibió la Orden del Quetzal por su labor en la valoración de los trajes regionales



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