Fotografías tomadas por Osman Velásquez / Relato. 



Andrea Weedon tiene 29 años y al menos 23 practicando tenis. Es la raqueta número uno de Guatemala y aún tiene un futuro prominente en el deporte profesional. Lo que pocos saben es que hace años sufrió una fuerte depresión, se alejó de la disciplina y estuvo a punto de abandonar el sueño por el que había sacrificado tanto.

Desde que tenía 3 años arrastraba la raqueta, a los seis comenzó a jugar y a los nueve compitió en su primer torneo. Desde pequeña se sintió atraída al deporte por la dificultad que le representaba, con el tiempo encontró la forma de superar nuevos retos y se convirtió en su mayor pasión.

Tiene una licenciatura en mercadotenia, es introvertida y seria, pero cambia inmediatamente cuando entra a la cancha. Tiene una chispa inigualable, es determinada y muy perfeccionista. Amante de los animales, especialmente los gatos. Le gusta leer sobre misterio y drama, además de dormir en sus tiempos libres.

Para ella es un honor representar a Guatemala en campeonatos internacionales y disfruta ser ejemplo para otras personas. Sueña con hacer crecer la disciplina, especialmente en la rama femenina, en la que actualmente hay muy pocas profesionales mayores a los 18 años.

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Pese a que ha ganado varios reconocimientos, el de mayor impacto en su vida fue el oro que obtuvo durante los Juegos Centroamericanos de Managua 2017, también la victoria que sumó junto a Christopher Díaz en los Centroamericanos y del Caribe hace cuatro años en dobles mixtos, a rivales que se ubican en el top 50 del mundo.

Sin embargo, no todo ha sido brillante. Andrea perdió a dos de sus abuelos mientras estaba fuera del país; no pudo estar con sus familia en momentos muy duros, no festejó sus 15 años y tampoco tuvo graduación.

Y lo peor llegó cuando tenía 18 años. Debido a sus buenos resultados iba a viajar para participar en Roland Garros, uno de los certámenes más importantes. Se convertiría en la primera guatemalteca que lo lograba. Tenía beca en una de las mejores universidades de Estados Unidos, su mejor ranking juvenil en el top 100 y estaba tan solo a una semana de llegar a la cumbre.


Parecía un panorama perfecto, pero se rompió el músculo del hombro derecho y lo perdió todo. No existía la posibilidad de operarla y tuvo que retirarse por un año. Fue un golpe demasiado duro en su vida y entró en una depresión muy fuerte. Bajó de peso y no quiso saber nada de las canchas en los siguientes dos años.

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De pronto, recibió una llamada. Era un entrenador que la invitó a participar en un torneo nacional. Compitió y obtuvo un buen resultado, por lo que decidió retomar el tenis poco a poco. Ahora se enfoca en participar en Barranquilla 2018 para defender dos bronces o subir a lo más alto del podio.

Su meta no es llegar al top 100 del ranking mundial, pero sí seguir ascendiendo puestos; hoy es la 798. Disfruta cuando los resultados van fluyendo, aunque siempre siente nervios cuando inicia algún torneo.

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El tenis es su vida, su pasión, todo lo que respira. Es la única en su familia que se atrevió a vivir la faceta de atleta, sus dos hermanos menores tienen un estilo de vida distinto. Sus días comienzan a las 4:00 de la mañana y finalizan luego de dos entrenamientos técnicos, trabajo físico y de fortalecimiento. Sin duda, jornadas extenuantes.

Andrea es disciplinada, responsable y se entrega por completo al deporte. Disfruta viajar, conocer nuevas culturas y hacer amigos de todo el mundo. Anhela conocer Tailandia o India y seguir ascendiendo con el equipo nacional, en el cual hoy compite como parte de la Zona Americana Uno.

Es la primera vez en la historia que Guatemala consigue su ascenso a dicha zona y compite contra potencias mundiales como Argentina y Brasil, entre otros. Andrea fue parte del logro. 



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