No quería ir a la plaza, fui porque me obligaron

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Desde la crisis con Otto Pérez Molina ir a la plaza me causaba molestia, pensaba el por qué tendría que ir yo a pedirle la renuncia a un presidente por el que no había votado. 

Para las elecciones me había cansado de decirles a mis amigos y familia que el gobierno de Pérez Molina y Baldetti sería de los peores y que los augurios para Guatemala eran desalentadores. Me tildaron de pesimista, pero el tiempo me dio la razón.

Esta vez fue lo mismo. Ver a la gente en la plaza tan indignada me causaba enojo y un dejo de indiferencia. “Otra vez los engañaron” decía, enfurecida y nuevamente llena de egoísmo.

Mientras mi esposo trataba de hacerme creer lo contrario la plaza, cada vez, se hacía más apetecible para mi espíritu revolucionario. Mi vida es una constante manifestación, no puedo quedarme callada en el tráfico, ante una injusticia o en el restaurante que no me sirvió lo que pedí . 

Entonces, hasta cierto punto, no ir a una manifestación era un castigo para mi aunque también  era un alivio pensar que yo era diferente y que la plaza no me necesitaba. 


De la casa a la plaza

Ya para el 14 de septiembre mi corazón no pudo más. Le pedí a mi esposo que fuéramos a la plaza a gritar y a sacar todo lo que había guardado por mucho tiempo. Los diputados hicieron que tirara al bote de la basura mi orgullo, mi egoísmo y que saliera corriendo a comprar una bandera de Guatemala y la hiciera ondear enfrente del Congreso de Guatemala.

Me liberé, todo lo que había tenido reprimido salió. Debo confesar que fue un acto forzado por un congreso corrupto, hipócrita y sinvergüenza. Me obligaron a hacerlo y me hicieron ver en el manifestante, que muy probablemente votó por Jimmy Morales, un hermano. 

Sentí una empatía enorme por aquellos a los que sus diputados les fallaron. "Señor diputado yo voté por usted y me traicionó" escuché decir a una mujer mientras se le quebraba la voz. De los diputados a los que le di mi voto la mayoría estuvo en la lista de los "buenos", pero hubo uno que también me traicionó. Estar en la plaza era mi obligación, no tenía opción. 

En la manifestación te vi a ti 

Fui a manifestar afuera de las puertas del Congreso. Habían familias completas, policías que sonreían, ancianos, jóvenes y hasta chuchos que se unieron al unísono del pueblo. Encontrarme con amigos que tenía un buen tiempo de no ver fue reconfortante, nos abrazamos como parte de una felicitación o quizá una forma de agradecimiento mutuo por estar presentes.

Vi muchísimos rostros desconocidos que me miraron con complicidad, en sus ojos se leía: “Estamos aquí por la misma Guatemala, la tuya y la mía”. Mi piel se erizó muchas veces como una respuesta que me confirmaba: "Aquí es donde debes estar". 

Al regresar a casa mi hija me preguntó:  Mami, ¿Fuiste a la plaza? le respondí que sí con orgullo y determinación de que había hecho lo correcto. 


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