El sábado leí con tristeza y frustración los resultados de las evaluaciones realizadas a graduandos durante el recién concluido 2017. Los resultados fueron poco esperanzadores. De acuerdo a la Dirección general de Evaluación y Educación Educativa –Digeduca-, solo uno de cada diez estudiantes lograron resultados satisfactorios en las pruebas de Matemáticas y solo tres de cada diez lograron niveles satisfactorios en las áreas de lectura.

La pregunta sobre la mesa es ¿Quién es el responsable de este fracaso de país? ¿Qué factores incluyen para tener estos precarios y vergonzosos resultados? Los números  desnudan a un país que está muy lejos de entender la importancia que tiene la educación para el desarrollo económico y social. Somos una nación donde la educación para nuestros niños y adolescentes está relegada a los últimos lugares.

Por un lado vemos a una infraestructura escolar en situación deplorable. Hace un par de semanas los medios de comunicación nos mostraron las mismas estampas recurrentes de cada año: niños que intentan aprender sobre blocks o en la tierra, techos de lámina, precaria iluminación, una vergonzosa refacción escolar, pupitres en mal estado, material obsoleto o inexistente y la  la lista casi infinita continúa.

¿Cómo pueden aprender nuestros niños y adolescentes en esas condiciones? ¿Qué tanto pueden aprender? ¿Qué calidad tiene su preparación? La respuesta parece habérnosla dado Digeduca con los últimos resultados.

Por otro lado vemos un presupuesto de Educación vigente (Decreto 50-2016) que otorga a la cartera de Educación Q13 mil 937 millones. Uno de los más altos, lamentablemente de este rubro Q13 mil 809 millones, la gran mayoría, está destinado a gastos de funcionamiento y solo Q127 millones se van a inversión. ¿En qué se puede invertir con esa poquedad? 

El gremio magisterial, cuyos liderazgos son más que cuestionables (alo Joviel), parece preocuparse exclusivamente por negociar pactos colectivos que les permitan mejorar sus ingresos, sin considerar ni siquiera subyacentemente el componente de calidad educativa.




Es cierto también que existen maestros comprometidos con la calidad de sus estudiantes y que laboran en condiciones precarias, con infraestructuras semi destruidas y que por encima de todo eso, enseñan con mística y con pasión. No sé si son la mayoría, pero por apreciación me atrevería a firmar que son la gran minoría.

Joviel está a las puertas de firmar un nuevo pacto colectivo que solo garantiza mejores salarios a los maestros, pero que no ofrece trabajar con esmero y mística para mejorar los desastrosos resultados de nuestros graduandos, esos que optarán a una carrera universitaria, esos que aspiran a ser los nuevos médicos, ingenieros, biólogos, abogados, comunicadores, pero que tristemente como país no los hemos sabido reparar para este compromiso. 

Por supuesto que la calidad educativa en Guatemala tiene sus grandes excepciones. Claro que hay educación de alto nivel, pero desde luego que se tiene que pagar caro por ella, por lo que nos convierte de nueva cuenta en un país de elites donde pocos tienen garantizado el éxito y muchos parecen condenados al fracaso. La bloguera Susana Portillo nos advertía de esto en su artículo: En Guatemala una educación buena, bonita y barata no existe.

Por lo que esa perversa conjugación de: mala infraestructura, pésimas condiciones, pobreza en las comunidades (niños que estudian con hambre) y una completa displicencia y falta de mística de parte de los maestros que forman a nuestras futuras generaciones de profesionales, nos arrojan un desastroso y penoso escenario el cual se proyecta en  las últimas evaluaciones del Digeduca Cierro con otra pregunta 

¿Qué vamos a hacer para cambiar esta realidad? 


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