Ni Ale ni Melody están ya, sus hermanas buscan que descansen en paz

Ale Tenes
Melody López

Cuando pasan dos años y la justicia no llega, la desesperación se apodera de los corazones. Eso le ocurre a las hermanas de Ale y Melody.

Dos adolescentes que vivieron sus últimos minutos de vida agonizando, después que sus asesinos abusaran sexualmente de una y estrangularan a ambas aquella noche en la que ellas pensaron que solo saldrían a bailar a una discoteca de la zona 10.

Él, un joven a quien sus compañeros de colegio presentaron a través del Facebook, y mantuvo una relación amistosa con ellas durante un año.

Cuando había logrado su confianza, decidió que era momento de cometer el asesinato y consiguió a dos cómplices que planearon cómo lo harían y en dónde lo realizarían. 

Y ellas inocentes cayeron.

 ¿Pero quiénes eran las adolescentes en su vida diaria?

A Ale le decían en su casa “María Teresa”, como la madre de Calculta, porque siempre estaba pendiente de los demás.

Era la tercera hermana de la casa, la bebé. Y aunque en el colegio siempre le hicieron bullying por sus lentes gruesos, formó carácter y dejó de importarle.

Siempre le gustaba sacar las cuentas de la edad que tendría cuando sus pequeños sobrinos cumplieran 15 años, porque era una tía muy amorosa. 




Asistía a la Iglesia católica con los empresarios juveniles. Era capaz de llenar salones completos por su carisma.

Melody no llevaba ese nombre por casualidad.

Cuando su madre estaba embarazada escuchó en la radio un anuncio que decía melodías de ayer y hoy, y en seguida se movió en el vientre de su mamá, entonces decidieron ponerle así.

Hasta un día antes de su muerte, ella participó en la recolección de víveres para los afectados de la tragedia del Cambray. Su altruismo, unido a la iglesia a la que asistía, le permitía encargarse de los niños de 2 a 3 años de edad a quienes cuidaba con cariño.

La adolescente dejó crecer su cabello tan largo como podía para donarlo a las personas con cáncer. Y cuando le era posible visitaba los orfanatos y asilos de ancianos para platicar con ellos y alentarlos.

Hasta el día de hoy sus amigas le siguen escribiendo en su muro de Facebook, en el que dice, la extrañan.

Ambas familias quedaron destrozadas. La sonrisa de sus rostros se apagó.

Las hermanas de ambas decidieron que había que buscar la paz que las jóvenes no tienen porque la justicia aún no llega.

Hay dos acusados, dos expedientes, dos vidas apagadas, pero habrá que esperar que los jueces decidan una condena justa, que no devuelve la vida, pero sí una parte de la resignación que ambas familias buscan.


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