Un chapín perdido en Corea del Sur imagen

Estar perdido en un país donde nadie habla tu idioma, sin dinero ni transporte puede darte ciertas lecciones y aventuras.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Estar en un país extranjero es emocionante y aún más si es del otro lado del mundo. Cada centímetro a tu alrededor es algo nuevo. Cada cosa es una sorpresa y que nadie hable tu idioma puede que cause algunos problemas, que me pasó a mí.

Seúl, capital de Corea del Sur, es una ciudad donde miras constantemente hacia arriba por sus altos edificios. Cuando ves hacia al frente, observas a su singular gente, vendiendo comida de todo tipo, utensilios, muñecos y más. Tiene un orden implacable, donde hay muchas personas que parecen colaborar y cuidar a la ciudad.




Al igual que la ciudad, el metro de Seúl es impresionantemente grande. Son 16 líneas las que cruzan y te llevan a casi cualquier punto y que funciona desde las 5 a.m. hasta la 1 a.m. El mismo cuenta de entre 5 y 7 salidas diferentes por estación y es ahí donde comencé a sentirme perdido.



Mapa del metro de Corea del Sur. Foto: aroundseoul.com

En búsqueda de la maleta perdida

Era apenas mi segundo día en Corea y necesitaba regresar al Aeropuerto Internacional de Incheon, ya que la aerolínea perdió mi maleta y venía en un vuelo diferente. Debía cruzar la ciudad desde la estación Gangnam (casi el centro de la capital) hasta el aeropuerto, lo cual es un poco más de 2 horas ida y vuelta en metro.

Llegar al aeropuerto fue muy fácil, solo es necesario transbordar un par de veces. Lastimosamente, me dieron la noticia que el vuelo donde venía mi maleta se había retrasado y llegaría a altas horas de la noche, por lo cual la aerolínea me la enviaría directamente al hotel. Así que regresé un poco decepcionado a la estación de metro.




El regreso se sintió curiosamente largo, pero los increíbles paisajes de ríos y edificios lo compensaban. Fue tan extenso que una chica quedó dormida y desparramada encima de mí. Yo, con tanta pena al ser extranjero, me mantuve quieto y traté de aguantar la risa que provocaban sus profundos ronquidos.

Por fin, llegué al primer transbordo y ante mis fallidos intentos de despertar a la joven, simplemente la acomodé sobre el resto de los asientos y salí rápidamente. Aún hoy estoy sorprendido de su poca reacción.

¿En dónde rayos estoy?

Terminé el trayecto en metro y alcancé la estación de Gangnam. Como lo mencioné, cada una tiene varias salidas que te dejan en diferentes avenidas. Por desgracia mía, tomé una salida equivocada, caminé poco más de un kilómetro y no encontraba el hotel.

Empecé a entrar en pánico, trataba de pedir indicaciones, pero siempre recibía la misma respuesta de “No english”. No tenía Internet, traductor o dinero para un taxi. La única palabra que sabía en coreano era gracias, lo cual no servía de mucho.




Tras estar dando vueltas por más de una hora, me senté en un banco cerca de la acera un poco resignado. Un anciano que estaba parado cerca me miraba extrañamente. Solamente portaba un bastón y un cubrebocas (muy común en Corea del Sur para evitar la transmisión de gérmenes). Seguro tenía una cara de susto muy notoria al no saber dónde estaba, puede que incluso me miraba pálido, como para haber llamado su atención.

Me aventuré a preguntarle indicaciones, pero me respondió con el “no english” ya muy común. Recurrí a solamente nombrar el nombre del hotel, el anciano simplemente se rio un poco y me hizo señas para seguirlo.

Acompañé entonces a aquel anciano, a quién sabe dónde, por alrededor de 25 minutos. Intenté comunicarme con él usando señas o con algunas palabras en inglés. El anciano simplemente se reía un poco y seguía caminando.

Tal vez unos dos kilómetros después, quedé perplejo que aquel anciano, que acababa de conocer y no sabía siquiera su nombre, me llevó a la puerta del hotel. Aproveché entonces a usar el poco (casi nada) de coreano que sabía y exclamaba mis gracias, mientras agachaba la cabeza como muestra de respeto. Él  simplemente sonrió, agachó su cabeza también y se retiró.

Subí perplejo entonces a mi habitación con el sentimiento de aventura conseguida. Para mi sorpresa, encontré mi maleta perdida frente a la puerta de mi cuarto. Aprendí entonces de aquel día una lección de humildad, por parte del anciano que tanto me ayudó y cuánto me gustaría ser así para alguien más en el país.

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