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Tener 30 años, tres hijos y ser madre soltera no fue algo de otro mundo, para Marta, originaria de la Nueva Concepción, Escuintla.

De niña aprendió a superar muchas adversidades, como crecer sola y sin su papá, luego que este abandonara el hogar que había formado con su madre, cuando tenía 8 años.

Junto con sus hermanos mayores aprendió a luchar en la vida por todo. De a poco fue alcanzando sus metas, como graduarse de perito contador, trabajar en un banco y estudiar en la universidad Administración de Empresas.

Siempre tuvo habilidad con las matemáticas y de la crianza dada por sus abuelos maternos aprendió a ser muy ordenada. Por eso tampoco se le dificultaba salir a buena hora de su trabajo para llegar a tiempo a sus clases en la “U” y muy arrecha en el quehacer de la casa.

Su sueño siempre fue formar un hogar y darles a sus hijos todo lo que no tuvo de niña, por eso se casó y decidió tener una familia.

Los fines de semana que estaba en su casa sus hijos eran prioridad, aprovechaba al máximo cada segundo que compartía con ellos, sobre todo si se trataba de reuniones familiares o viajes para realizar actividades al aire libre.

Sin embargo, justo cuando se convirtió en una mujer de las tres décadas, su pasado se hizo presente. La historia que vivió de niña ahora se repetía en sus hijos cuando se separó de su pareja.

De nuevo otra vez sola, la presencia de sus hijos le daban todo el impulso que necesitaba para remar contra la corriente y superar cualquier adversidad social y laboral. Hasta que un diagnostico médico le plantó cara a una situación más adversa.

La aparente salud inquebrantable que gozaba y su fortaleza moral se vinieron abajo cuando le avisaron que padecía insuficiencia renal crónica.

En ese momento, se bloqueó mentalmente, no sabía que era peor para ella, la incertidumbre de no ver crecer a sus hijos y apoyarlos para que alcancen sus metas o el terrible anuncio, el cual sintió como una condena a muerte.




¿Por qué a mí?, ¿qué va pasar con mi trabajo?, ¿y ahora qué? ¿Qué va a suceder con mis hijos? Eran las preguntas que rondaban por su mente al imaginar que su futuro era pasar recibiendo diálisis hasta encontrar un donante compatible.

“Por muy duro que suene, una persona con este tipo de tratamiento no puede llevar una vida normal porque lo reciben en días intercalados, para una con un órgano donado es fácil reinsertarse en la sociedad con normalidad y puede rehacer su vida, el trasplante es un acto provida”, refiere Marta Azmitia de la Fundación Donaré.

En un par de semanas, Marta empezó a perder peso y el color de su piel cambió, gradualmente se hacía más oscuro. Fue así como dejó, la silla de ejecutiva donde trabajaba y los escritorios en la universidad para sentarse por varias horas en sillones altos de cuero, con rodos, parecidos a una camilla, en los que con mucha paciencia esperaba la aplicación de tratamientos curativos.

Las venas de sus brazos se empezaron a ensanchar, también cambiaron de color y pasaron a tener una apariencia de varices.

Cinco años pasó así, los que considera los más duros de su vida, en los que tuvo que vender su carro y otras cosas de valor para sacar adelante a sus hijos, que logró con la ayuda de sus hermanos y mamá.

Sus días eran intercalados entre urgencias y hemodiálisis, se sentía derrotada, hundida, sin un aliento de fe, sin ganas de seguir luchando.

Hasta que una llamada telefónica se convirtió en la luz al final del túnel. Cuando le avisaron que la iban a trasplantar pasaron por su mente todos los buenos momentos que vivió con sus hijos y su familia, además de los adversos que le tocó vivir desde su infancia, casi desaparecieron de inmediato.




El procedimiento ha sido un éxito y de a poco Marta ha ido recuperando su vida, tratando cada día de regresar a la normalidad. El trasplante lo obtuvo de un donador con muerte cerebral “la pérdida de unos fue su esperanza de vida”.

Se considera muy afortunada de tener otra oportunidad de vida, ya que está consciente que aunque en hospitales como el Roosevelt, donde se realiza un trasplante de riñón a la semana y hay varios donadores, muchas veces la familia se oponen, pues su creencias les dictan que quien muere debe ser enterrado “completo”.

* La historia de Marta está inspirada en un caso que conoció la Fundación Donaré

Fotos: Pixabay

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