El hombre que alimenta a palomas e intimida malandrines: Relatos del lector imagen

Detrás de un vendedor de maicillo hay una historia de furia contenida, una que lo hizo llevar la cuenta exacta de cuántos días lo estuvieron “fregando”.

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Esta es la historia de una de esas sorprendentes conversaciones casuales que se tienen pocas veces. Un lector de Relato entrevistó improvisadamente a un vendedor de maicillo del Parque Central. En su historia hay furia contenida, esa que heredó y que lo hizo llevar la cuenta exacta de cuántos días lo estuvieron “fregando”.

***

-Buenos días, ¿qué vale el maicillo?

-Buenos días, mi amigo, soy el único que le da dos bolsitas por un quetzal, recuérdese… dos bolsitas por un quetzal…

-Gracias, deme dos…

Era temprano por la mañana, en la Plaza de la Constitución se veía pasar a las personas de un lado al otro caminando rápido, con el pelo húmedo, dirigiéndose a sus trabajos, y siempre uno que otro personaje extraño divagando por el lugar.

– ¿Es tranquila la zona, verdad? Pregunté con un aire de autoconvencimiento.

– No crea… siempre hay uno que otro malandrín por ahí. Por ejemplo esos dos muchachos que están ahí, siempre vienen desde temprano, se sientan y empiezan a buscar víctima para joderla.




Al voltear a ver, los dos jóvenes me veían fijamente, buscando el momento de atacar. Yo acababa de sacar mi billetera, cruzamos miradas e inmediatamente mi actitud cambió a un estado más alerta y con un semblante más duro. Ellos lo percibieron.

– A mí me trataron de venir a molestar hace algunos meses y no eran esos dos, eran como veinte, aunque esos dos también venían. Yo los vi acercarse bien temprano, acababa de terminar de armar mi caballo. Sin que se dieran cuenta agarré mi machete, pero yo tranquilo. Vino un muchacho y me hizo la insinuación de que le diera dinero, creo que más en la forma de extorsión, no que le diera monedas, ¿me entiende?

Mientras tanto, los dos muchachos ya habían encontrado a una persona que había respondido a sus llamados, uno de ellos le enseñaba un pliego grande de papel parecido a un mapa, forzándolo a que parara, mientras la posible víctima caminaba sin ser descortés, pero con prisa.

– Pues le dije: Mirá, muchacho, ya hace días veo que vienen a fregar acá. Yo tengo 26 años de ponerme en este mismo lugar y nada me da miedo. Yo ando ganándome el dinero, no regalándolo, y si no querés que te haga picadillo a vos y a tus amigos mejor andate.


Me provoca risa imaginar al envalentonado muchacho ser intimidado por un hombre mayor y vendedor de maicillo.

– Aaaaa yo no sé si usted sabe, pero en Jutiapa somos sanguinarios, ahí tenemos fama de que hacemos picadillo a la gente. No es mentira, la hacemos pedacitos.


62 días fregándome

–  Pues no ando molestando a nadie, que no me vengan a molestar, ni a mi propia sangre dejo que me moleste.

–  ¿Ya ha tenido problemas con su propia familia?

–  A mi hermano lo tuve que golpear. Siempre nos llevamos mal desde pequeños, pero como yo soy mayor siempre le cayó penca. Pues ya un poco más grande empezó a fregarme con que se quería echar riata conmigo, como estaba yendo a hacer karate y levantando pesas, todos los días me decía: “Echémonos riata, pues”, pero yo le respondía: “Mirá, hermano, hace falta más que un poco de músculos y estudiar karate para poder echarte ‘riata’ conmigo, vos no tenés las mañas que yo tengo, no me estés molestando”.

Me estuvo fregando y fregando durante sesenta y dos días. Un día le pedí favor de que moviéramos un banco de trabajo, y no mira que cuando lo llevábamos cargado, como esos son de pura madera sólida, lo deja caer y me cae en el carcañal. Me peló todo el pie y yo pegué un grito: “¡¡¡Ahhh!!! ¡Hoy sí te la ganaste!”.

Que se me deja ir y me tiró unos buenos cuentazos, pero yo me cubrí y cuando pude lo empecé a agarrar a vergasos, uno tras otro, donde le cayeran. Lo subí a puros golpes a la terraza por unas gradas y cuando estaba a la orilla de la terraza, ¡lo empujé!

El vendedor no sabe por qué su hermano no murió ese día. Hacía unas jornadas, él había clavado unas estacas justo debajo de donde empezó la pelea. Lo lógico habría sido que cayera encima y se las clavara, quizá hasta lo atravesaran. Pero no fue así, cayó al lado y el vendedor no podría dar una explicación racional del por qué. “Como usted sabe Dios manda ángeles en ciertos momentos de la vida. Yo estoy convencido de que un ángel enviado por Dios lo agarró y lo movió para que no cayera en las estacas”.

–  Se ha de haber dado un gran golpe, de todas formas.

–  Y espérese.

El vendedor bajó para seguir pegándole, seguía enfurecido por el dolor que sentía en el pie: “Le seguí dando hasta que lo tenía medio muerto”.

-“¡¡¡Juaaaan!! ¡¿Qué estás haciendo con tu hermano?!” – Interrumpieron en coro su mamá y su tía.

-¡Ustedes no se metan porque las mato! ¡Este cabrón tiene sesenta y dos días de estarme molestando y ahorita me lastimó el pie!

La rabia se calmó hasta que una vecina le dio la razón y contó por qué inició la pelea. El vendedor soltó a su hermano y lo dejó tirado en el día número 62 de su “estarme fregando”.

Los golpes son herencia

–  Usted sí es un hombre de cuidado.

–  Mi abuelo, por ejemplo, se peleaba con 30 hombres a la vez… terminaba diciéndoles: Se los dije, conmigo no se tenían que meter; ahora bájense el pantalón… y los paraba nalgueando a planazos con el machete.

En alguna ocasión, el abuelo del vendedor escuchó un rumor. Un hombre llegó al pueblo vestido de mosquetero y gritando: “¡Dicen que en este pueblo hay un hombre bien hombre!”.

Al escucharlo, su abuelo se sintió aludido y salió a responderle: “¿Mijo, por qué venís a buscar problemas?”. “Dicen que aquí hay un hombre bien hombre y quiero saber si es cierto. Mi nombre es José, ¡y vengo desde Cuba solo a buscarlo!”. El final fue breve: “Para no cansarlo, terminó nalgueándolo también”.

En ese momento me sentí totalmente protegido de cualquier malhechor. Le pedí otras dos bolsitas de maicillo y hubo un momento de silencio. Viendo cómo comían las palomas, le pregunté:

– Lo escuché hablar de Dios y ángeles. ¿Es creyente, usted?

 Por supuesto que soy creyente de Dios y la Palabra, pero no de esta iglesia (señala la Catedral). Esta es la iglesia satánica, cuando estos sienten que ya hay muchas palomas les dan veneno, ahí amanecen encostalándolas; dicen que dañan la estructura de la iglesia.

–  Ve que hijos de puta, ¿cómo pueden hacerles daño? Dije.

–  ¡Y hacen cosas peores!

–  Ya lo creo… y, ¿usted qué edad tiene, mi amigo?

–  Tengo 86 años.

–  Bien conservado está. Bueno, yo sigo mi camino, cuídese mucho. ¿Cuál es su nombre?

–  Juan Carlos Peña, para servirle…

Mientras nos dábamos un apretón de manos me hizo conocer su fuerza…

Relato escrito por:

Troy Leopardi López

*Esta sección contiene material enviado por los lectores y se publica con el fin de dar un espacio libre a las historias que merecen ser contadas. La redacción de Relato.gt no se responsabiliza de su contenido.

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