Relatos Migrantes: Albergues e historias de desesperanza (Capítulo 2) imagen

Tapachula es un refugio antes del infierno. Además, Rita recuerda que la violaron mientras migraba. El segundo capítulo de la saga “Relatos Migrantes”, documentados por Juan Diego Godoy.

Las opiniones e imágenes de este artículo son responsabilidad directa de su autor.

Este capítulo pertenece a la saga “Relatos Migrantes”, basados en hechos reales e información obtenida de diversos medios, entrevistas e investigaciones propias, pero con algunos nombres y fechas que han sido modificadas para resguardar la integridad de los protagonistas. Inmortalizadas por la pluma de Juan Diego Godoy exclusivamente para Relato. 

“Ustedes son nuestros vecinos y queremos que ustedes y sus naciones prosperen. Si quieren venir a Estados Unidos, por favor vengan, pero vengan legalmente; si no, no lo hagan” – Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos (28 de junio 2018).

Son exactamente 275 kms (un tramo que se recorre en aproximadamente 10 días) desde Ciudad Hidalgo hstaa Arriaga. El tramo se realiza siguiendo las vías de un tren, que ya no existe desde 2005. Y aunque esto suene poético, el recorrido es lo menos hermoso que existe, y Leo, el Coyote, lo sabe muy bien. “No por nada se llevan 25 años en este trabajo”, agrega a quienes se atreven a cuestionar sus pasos y decisiones. La primera parada es “suave” comparada con el resto. Antes de llegar a Arriaga, los migrantes pueden descansar en múltiples albergues que “solo gracias a la caridad humana” existen para llenar de valor, esperanza (y comida) a los viajeros del éxodo. 



En el mapa, Tapachula en rojo. A la derecha el rio suchiate y más abajo, la Ciudad Hidalgo.

Oasis antes del infierno

Tapachula es conocido por mucha gente como un sitio turístico. Sin embargo, bajo este contexto y situados en la mentalidad migrante, esta ciudad es la cuna para el abastecimiento, la recarga de energías y, como diría Leo “el último adiós a la comodidad y amabilidad humana”. La entrada al infierno y la despedida del cielo están en Chiapas, conviviendo contra toda lógica. 

La mexicana Olivia Ramos colabora en el Departamento de Derechos Humanos de la Casa de la Caridad Cristiana y emprendió el viaje para estudiar cómo es la convivencia, trato, y experiencia en los múltiples albergues. Así lo describió en su blog

“El primer punto a donde llegué fue a Tapachula, ahí tuve la fortuna de conocer y hospedarme en la Casa del Migrante, fundada y dirigida por los padres Scalabrinianos. Este hogar es “su primer respiro” pues ahí encuentran además de alimento, la fortaleza para continuar su largo viaje que apenas inicia (…) También pude conocer el albergue del Buen Pastor, fundado y dirigido por una laica. Este albergue atiende a migrantes que han sufrido alguna amputación. En 17 años han dado atención a más de 5 mil migrantes”. (Olivia Ramos)

Entre violaciones y tropezones

Rita acompaña a Leo en esta travesía. Es su quinta vez intentando llegar al país del norte y su historia es cautivante, dolorosa y sorprendente. “Es la quinta vez que intento cruzar, pero la primera que lo hago con vos y por esta ruta”, le cuenta a Leo, quien escucha con atención mientras están sentados en el suelo del albergue Casa Del Migrante. Detrás del ceño fruncido del migrante y la musculosa espalda, se esconde un corazón compasivo al que le encanta llenarse de las historias de “sus clientes”. Eso si, intenta nunca encariñarse, porque varios se han muerto durante el recorrido y para poder hacer su trabajo sabe que entablar una relación muy profunda con alguno puede ser perjudicial al momento de decidir entre continuar el viaje y dejar a los heridos – y muertos – detrás. 



La Casa Del Migrante. Fotografía: Cimac Noticias

“¿Y qué te ha pasado para que llevés cinco veces intentando cruzar sin éxito?”, le pregunta Leo sin maquillar su tono brusco. Rita comienza a destapar su memoria. Le cuenta que la primera vez, una violación en territorio mexicano interrumpió su recorrido. De esa, hace diez años, nació su hijo Cristóbal, con quien cuando tenía apenas cinco años emprendió el viaje en el que logró cruzar. Allí vivió un año con su tía hasta que la deportaron, pero decidió dejar a su hijo allá. “Al final vos migrás para darles mejores oportunidades a tus hijos. Preferí que el se quedara y decidí que intentaría regresar aunque muriera”, señala con la voz entrecortada, mientras mira una pequeña fotografía del niño que dejó. “Va pues yo le prometo que si se me pone las pilas, la cruzo al otro lado con su patojo”, le dice Leo mientras se levanta para “pasear un poco”.

Esos paseos le sirven al Coyote para llorar el privado. Si, los guías también lloran. Piensa en la injusticia que sobra en este pedazo de mundo tan inhumano y cruel. Se niega a encariñarse con Rita, así como ha blindado su corazón durante estos 25 años de travesías y aventuras. Al único que cuida es a Zacarías, su sobrino, aunque comprende que cualquier trayecto podría ser el último juntos. En estas tierras, bajo estas condiciones, nada es certero. 

“Andando muchá”

Al día siguiente, tempranito, Leo reúne al grupo y sin mucho discurso, comienzan a caminar. Van lejos, muchos no se imaginan cuánto. El equipaje es ligero para poder aguantar el trayecto. Un par de botas, un pantalón de lona, tres camisas y un suéter es lo único que tiene Jairo en la mochila. No le avergüenza admitir que va asustado. A pesar de ser joven, atlético y no tener nada que perder – porque a su familia ya la perdió luego de que los mareros les vaciaran una tolba por no pagar la extorsión – ha escuchado muchas historias escalofriantes del desierto, la noche, la policía y los ladrones. Para su desgracia, todas son ciertas. 

Las historias de robos sobran afuera de Tapachula, camino a Arriaga. “Estos rateros no son mulas. Ellos saben que uno sale de Tapachula como nuevo, porque está empezando el viaje por México. Aquí es cuando funciona asaltar porque ya despuesito de Arriaga, uno está hecho mierda y no tiene nada, a veces ni dignidad“, dice Zacarías y escupe en el suelo. Luego se arregla su gorra desteñida y, como queriendo animar al grupo, les grita: “Andando muchá”

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