Carlos y Adriana empezaron a pelear a la altura del Club Español, sobre la calzada Roosevelt. Él, molesto por no poder ver el partido con sus compañeros de promoción. Ella, porque quería llegar temprano a la Antigua para reunirse con sus excompañeras del colegio. Después él podría “esperarla en algún bar, ver el partido y dejar la fregadera… Cómo si no hubiera fútbol todas las semanas”. Carlos, resignado, manejaba a cierta velocidad ya que el trayecto estaba despejado gracias a la atención mediática del juego.

Luego de un largo silencio, Adriana encendió la radio. Otra discusión. La música que le gustaba a ella era un bodrio. Él, cambió a las noticias con la esperanza de escuchar a los analistas deportivos. Ella, apagó la radio. Otra discusión, esta vez porque los locutores, según Adriana, usaban un lenguaje básico de unas quince palabras, “cuatro más de las que utilizan los futbolistas en las conferencias de prensa”. A lo que Carlos respondió que, al menos, “esas quince palabras tenían más contenido que las cinco que utilizaba el tal Bad Bunny” que tanto le gustaba a ella. Ofensa capital. Fue en ese preciso momento que una camionetilla roja, luego de un par de cabriolas, casi se les estampa en el baúl.




A la altura de San Lucas, antes de tomar el puente que conduce a la Ciudad de las Rosas, Adriana le tomó la mano y le dijo que lo amaba. A lo que él, enternecido, respondió: “y yo a ti nena”. Entrelazados los dedos de las manos derecha de él e izquierda de ella, se los besaron por turnos indistintamente. Ella se recostó en su hombro. Un beso por acá, otro morreo por allá… y así llegaron a la Bajada de las Cañas. No había un alma en la carretera y, con la intención de llegar a tiempo para ver desde el inicio del partido, le metió pata al acelerador… Más besos. A penas tuvo tiempo de sembrar los frenos “¿qué hace esa imbécil parada a media carretera? El automotor salió disparado como una flecha, directo, a la tercera rampa de emergencia. La pericia de Carlos evitó, al menos, parte de la catástrofe.

Asustado, con el corazón en la boca, bajó del vehículo convencido de haber arrollado a la mujer. No fue así. Ella estaba abajo gritando y solicitando ayuda, su carro se había embarrancado. Carlos, seguido por Adriana y la desesperada mujer, bajó la rampa y luego el barranco sin pensarlo dos veces. En el fondo estaba la misma camionetilla que casi los chocó en Mixco “¡mi niña está en el carro, por favor no la dejes morir! Las puertas, que se cerraron automáticamente cuando la angustiada madre salió a buscar ayuda, no se abrieron a pesar de los esfuerzos. Este tomó una piedra y rompió el vidrio trasero, alcanzó a la criatura y la sacó del vehículo con vida. Había otra persona en el carro, quebró el parabrisas. Helado, estupefacto por el miedo, se encontró con el cadáver de la mujer que los había conducido hasta el fondo del barranco.

Desde el accidente, se ha visto a una aparecida ensangrentada pedir ayuda a la altura de la tercera rampa. Se dice que, desde entonces, los accidentes con saldo fatal han aumentado en ese preciso lugar. Los lugareños comentan persignándose que es la muerte que reclama víctimas para que la acompañen en su desventura.   


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