Guatemala nunca ha ido a un mundial y Rusia 2018 no será la excepción. Cada vez que comienza el proceso de eliminatorias doy un trago amargo, me siento sobre el sofá y espero para conocer a los clasificados. A los que por méritos propios han logrado avanzar y llegar hasta el magno evento; uno de los más vistos por los aficionados en la historia del fútbol.

La bicolor me quita el aliento. Es mi selección y me duele el corazón de pensar en que la absoluta de Guatemala no tiene ni siquiera posibilidades de hacer un buen papel. No solo hemos perdido las posibilidades por lo deportivo sino porque seguimos suspendidos gracias a un grupo de asambleístas irresponsables que no pensaron en el ayer, hoy y mañana.

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Costa Rica y Panamá son el centro de atención en el área y simplemente son países que han sabido invertir en el deporte. Todo este análisis me recuerda rápidamente al partido que tuve que cubrir para un medio local. Lejos de la expectativa, que era muy pobre, se celebraron goles del combinado nacional ante una potencia de la región.

Recuerdo que pasé dos días absolutamente nerviosa porque sabía que tendría que tomar fotografías en el juego entre Guatemala y Estados Unidos. Tuve que regresar del puerto, de un viaje familiar. Dejé mi carro en un parqueo bastante retirado del estadio y caminé con un compañero. Nos topamos a varios futbolistas y atletas en el camino. Todos tomándose fotografías con la afición.

Era Semana Santa y todos pensamos que el estadio nacional estaría vacío. No fue así. Las gradas estaban abarrotadas de seguidores que pusieron la confianza en el entrenador Walter Claverí y en un comprometido grupo de jóvenes que vestirían nuestros colores.

El clima estaba templado. No había calor y tampoco recuerdo haber padecido frío. Por los nervios y la emoción de estar a nivel de cancha sudaba muchísimo. Reí en un par de ocasiones con algunos colegas porque varios compartíamos los sentimientos que envolvían el duelo. Por un lado, la ilusión de ganar y por otro el profesionalismo de no volvernos locos si los nuestros anotaban y tener el material para los medios.




No habían colores más que los de nuestra bendita bandera. El reloj comenzó a correr y solo seis minutos después tuvimos la primera instantánea. Guatemala metió el primer gol ante Estados Unidos. Sí, a Estados Unidos. Estábamos ganando un juego durísimo que nos costaría la vida en las eliminatorias. Celebramos pero el negativo pasado inmediatamente nos regresó los pies a la tierra y pensamos “seguramente en tres segundos cae el gol del empate y nos liquidan”.

Pero no. Cuando faltaba muy poco para el minuto 15 del tiempo corrido Carlos Ruiz marcó en la portería rival. Todo mundo se levantó de su lugar para gritar a todo pulmón la anotación. Claro, no había nada definido pero se vivía un ambiente de fiesta. El estadio estaba colmado de gente esperanzada en hacer historia.

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Todas las personas que estuvimos presentes aquel 25 de marzo de 2016 lo recordaremos como una noche mágica. Desde las diferentes localidades la gente elevaba al cielo los cánticos. Algunos coreaban el himno y con orgullo festejaban la parcial victoria. Los minutos volaban. Siempre me he preguntado cuán poderosa puede ser la mente para que cuando estamos concentrados en algo no se sienta el paso de los minutos, pero cuando estamos acompañados por los nervios parece que el reloj no caminara.

Comencé a sudar frío. La celebración estaba a la vuelta de la esquina pero aún estábamos incrédulos. Creo que nunca me había emocionado tanto como aquella noche. Sentí emociones que no soy capaz de explicar, no puedo detallar lo que pasó por mi mente, mi corazón se aceleró y hasta creí ver el mundo con ojos nuevos.

Fue asombroso ver cómo sí podemos unirnos por algo como país, caminar juntos hacia un mismo destino. Lo malo es que fueron tan solo algunos instantes. Eso causa el fútbol en mí. Me inspira, me diluye en un vaso de agua lleno de ilusiones. 

Traje este relato a colación porque me duele saber que nuestro país no tiene opciones de luchar por un boleto hacia la siguiente ronda de competencia en el camino a Rusia 2018. Estamos fuera y tendremos que vivir la cita desde el sofá de nuestra casa. Apoyar a otras selecciones y esperar a que antes de morir cumplamos el sueño compartido de generaciones tras generaciones.

No hay más, simplemente tenemos que seguir disfrutando del fútbol. 

Vivir al máximo las eliminatorias y 

seguir teniendo la interminable fe que en más de una ocasión nos ha unido. 


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