Kevin Santamaría tiene 27 años, es de nacionalidad salvadoreña y jugador de fútbol profesional en Guatemala, pero al ver su rostro es inimaginable todo lo que atravesó en su niñez; desde carencias económicas, la separación de sus padres hasta el alcoholismo en su entorno.

Fotografía tomada de Diario El Mundo


Desde muy pequeño su papá y uno de sus tíos lo llevaban a un campo de tierra en el Cafetalón, Santa Tecla de donde es originario. Andaba de arriba para abajo con un balón en el brazo, presto y dispuesto para las chamuscas con los amigos.

Leer también: Gabriel se sentía solo, consumió drogas y así lo cambió el deporte

Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron. Se fue a vivir junto a su papá, su abuela y dos tíos a una humilde casa en donde muchas veces engañaron al estómago porque no había recurso suficiente para comer los tres tiempos.

Foto tomada de www.elsalvador.com

A los 12 años comenzó en las fuerzas básicas de San Salvador y su desempeño le abrió las puertas para llegar al FAS. Debía viajar constantemente a los entrenamientos y cada peripecia le representaba US$5, costo que no logró financiar.

En un camino lleno de obstáculos, logró ir quemando etapas en el balompié de su país. En 2010 debutó en Liga Mayor y paso a paso llegó a equipos que le permitieron mostrarse y firmar su boleto a Selección Nacional. En 2014, a través de compañeros que creyeron en su talento fichó con el equipo venado y así inició un nuevo ciclo.

Foto tomada de El Diario de Hoy


Para Kevin, el fútbol ha sido una puerta directa a la felicidad. Es parte fundamental de su vida y aunque entrega todo en el campo, sufrió en él uno de los momentos más difíciles. En el 2015 recibió una dura noticia: quedó suspendido por doping.

Los días para Santamaría se tornaron grises y de no ser por su esposa y dos hijas, seguramente su destino sería diferente. El vacío era cada vez mayor, la desesperación lo envolvía y contaba los días para su regreso. Perdió dos de las mejores oportunidades que había tenido en su carrera: jugar en la MLS y volver a representar a su país a nivel internacional.




Foto tomada de Diario1

Cuando Kevin era un niño su padre sufría serios problemas de alcoholismo. Hubo noches en los que tuvo que dormir en un camión, rodeado de otras personas y sin comer. Pese a que esto pudo acarrearlo a los vicios y otro tipo de vida, persiguió sus sueños y hoy es uno de los íconos del club mazateco.

Leer también: Eran ilegítimos, debían renunciar de Fedefut

Kevin es el segundo de cuatro hijos, sencillo, humilde, dispuesto a ayudar a otros como a él en su momento le han correspondido, pero sobre todo es agradecido con la vida. Su fuerza, liderazgo y dedicación se refleja dentro de la cancha, en donde saca lo mejor de sí.

Fotografía tomada de Twitter - Kevin Santamaría

Cuando Kevin fue suspendido recibió un golpe muy duro, que pudo asimilar después de 4 o 5 meses, gracias al amor e inocencia de sus hijas. Su economía decayó y los problemas comenzaron a sumarse, pero nunca abandonó la ilusión por volver.

Leer también: Un tumor, las burlas y un sueño deportivo

Dos años más tarde, cuando finalizó el período de sanción, revivió muchos sentimientos de su juventud como el día de su debut, la adrenalina de estar dentro de la cancha y que la afición gritase su nombre. Entendió y reafirmó por qué se dedicó al deporte y que los sacrificios que hizo por cumplir su mayor anhelo, habían valido la pena.

Kevin había cursado hasta bachillerato. Estudió un año de Educación Física, pero debido al tema económico no pudo continuar. Ahora espera estabilizarse para retomar su preparación académica.

Fotografía tomada de La Prensa Gráfica

En el vigente torneo Clausura 2018, junto a Suchitepéquez, ha tenido que superar pruebas duras a nivel profesional, en la búsqueda de la permanencia. La escuadra mazateca es muy especial para el salvadoreño que lo ve como su segundo hogar y por el que lucha hasta el límite.





Fotografía de portada tomada de La Prensa Gráfica


Ver comentarios

Comentarios

Valoración General
3