PIRATA, la historia no contada. Por Guillermo Monsanto.

En algún momento de noviembre de 2011. Colonia Santa Fe. Un hombre de unos cuarenta años lanza una bolsa de basura al remanso de un desagüe estancado. Se oyen chillidos que, con las horas, se van apagando. Una perrita recién nacida, desfallecida de hambre y angustia, es rescatada por primera vez. El resto de hembritas murió horas antes. Las cinco fueron desechadas a los pocos minutos de nacer por no ser machos.

Sylvia, una niña de 11 años la adopta contra la voluntad de su abuela quien le increpa que “la chucha será otra carga que alimentar”. Aun así, la “Canela” como la bautizaron, consiguió agradar. Despierta, intuitiva y cariñosa. Ello a pesar de pasar la mayoría del día amarrada en el techo de la casa, sin mucha agua y con escasa comida. El 9 de mayo la casa está de fiesta. La abuela compra tres gallinas para celebrar el día de la madre. Está feliz porque sus hijos llegarán a almorzar con ella. Las gallinas, sin embargo, no llegan a la mesa. La Canela, desacostumbrada a compartir espacio con otros animales, hambrienta como estaba, da buena cuenta de las tres.

Ante los horrorizados ojos de Sylvia, la abuela apalea a la cachorra con un leño. Se quita con ella la rabia, la frustración de toda una vida. Herida y sangrante, la lanza desde el techo a la calle. Coja, desorientada y aterrorizada, la perrita corre lejos sin detenerse. Se acerca a un mercadillo en donde, junto a otros perros, olfatea algo de comida entre la basura. La hembra alfa la ataca infringiéndole nuevas heridas a su espíritu.




Mayo 17 de 2012, el día en que murió Donna Summer. La Canela es rescatada por segunda vez. Una peculiar mujer la encuentra y se la lleva a casa. La baña, alimenta y cuida con amor. Ella y “la Desconocida”, su nuevo nombre, curan juntas sus corazones golpeados por razones diferentes pero relacionadas al maltrato. Noviembre del mismo año. El ex marido de su nueva ama entra con engaños a la casa. Ataca a la que considera mujer de su propiedad y la Desconocida la defiende. Una patada en el hocico le revienta el ojo izquierdo. Huye despavorida por la puerta abierta y llega a la Avenida de las Américas en donde pasa vagando cerca de un mes.

Su apariencia desagradable hace que la gente la ahuyente. Se alimenta de lo que puede, bebe agua de las fuentes, y escapa cada vez que se siente en peligro. Unos “nenes bien” la descubren acurrucada en la plaza Berlín y la atacan a pedradas. Uno alcanza a darle una patada que le rompe una o dos costillas. Días después llega desfallecida, ya en el último hálito de vida, a un portal abierto. Se trata de la entrada de la Galería El Attico. Desconfiando, rota y llena de miedos, se topa en la puerta con la única persona que pudo ver la belleza en ella. “Ha chucho más horrendo… mmmm, Vení ¿tenés hambre verdad?” Unas tortillas, agua. Una llamada al veterinario. Rescatada por tercera vez.

Han pasado más de cinco años de este encuentro. Su proceso de sanación fue largo y escalonado. Hoy, la “Pirata”, ya que es tuerta, es un miembro más de mi familia. Vive dentro de la casa. Duerme en mi cama y tiene, además, un sofá propio. Se lleva bien con otros animales. Come más fino que yo. Le encanta salir a pasear a la calle. Es amada. Luce feliz y, salvo contadas excepciones, parece no recordar nada de lo que en el pasado le hizo daño. Es más entendida que muchos humanos.


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