Durante los años que este personaje trabajó para el servicio secreto, recibía importantes sumas de dinero por cada misión realizada. Incluso años después de que Byron decidiera retirarse y emprender como abogado de migración y comisionista de petróleo, siguió siendo una persona muy bien remunerada. Esta estabilidad económica le dio a mi tío mucha tranquilidad, su vida siempre fue austera y sencilla; siempre fue muy generoso con los demás.

Byron se casó por segunda vez, con una respetable y buena mujer llamada Susana y volvió a ser padre a la avanzada edad de 60 años. Sin embargo, nuestro personaje bebía y bebía enserio, a pesar de no tomarse un trago antes de las 7 de la noche, una vez iniciaba, no tenía control sobre esto. Fue por esto por lo que un día sus hijos mayores decidieron confrontarle y pedirle que dejara de beber, pues se estaba arriesgando a perder a una buena mujer y así como así, de un día para otro, Byron abandonó la bebida para siempre. Se dedicó a su deporte favorito, la bicicleta, todos los días montaba en promedio, 15 kilómetros en la ciudad de Nueva York, hubiese el clima que hubiese. Sin embargo, para él dejar la bebida no fue así de sencillo, la ansiedad lo mataba, las manos le temblaban y estaba irritable todo el tiempo. Por otro lado, por su trabajo, muchas veces le tocaba sacar a clientes a comer o beber, disfrazaba su abstinencia pidiéndole a los meseros que cada vez que ordenara “gin tonic” le trajeran una mineral con limón, que por supuesto le cobraban como si fuera un gin tonic. De esta manera, su constitución física fue mejorando y recobró parte de su aliento de juventud. En su adultez temprana, Byron había participado en la carrera más famosa del mundo en ciclismo, El Tour de France; y aunque esa capacidad había disminuido por la edad, todos sus vecinos y amigos de Nueva York, lo siguen llamando “el hombre de la bicicleta”.


Mi tío vino a visitarnos a Guatemala muchas veces, y siempre se quedaba en mi casa. Aunque a veces sus visitas implicaban ceder mi habitación y dormir con mis hermanos o mis papás, su compañía, sus historias increíbles, su cariño siempre compensaban esos pequeños sacrificios. Cada día era una nueva historia, un poema, una canción. Creo que nunca pudimos salir a pasear o a comer a algún restaurante, sin que Byron conociera a alguien en la calle. Siempre ha sido bien conocido por su sentido del humor, todo el tiempo tiene un piropo para una mujer bonita, un chiste, una anécdota o una palabrota para alivianar los momentos tristes con risas. Nunca puso escusas para visitar amigos o enfermos.

A sus 88 años, mi tío Byron vive de sus ahorros en Estados Unidos y de subvención militar, siempre de una forma austera y sencilla. Su generosidad sigue intacta, aunque la cantidad con la que cuenta ya no es la misma que la que un día tuvo. Cada vez que lo visitaba, o él volaba a Guatemala, mandaba tres o cuatro maletas llenas de ropa para donar en las iglesias y a los más pobres. Siempre que viene, visita a dos o tres amigos que le quedan del Colegio de Infantes y sus días más felices siempre han sido justamente en nuestro país, el lugar donde todo empezó. La historia de Byron es una singular e increíble, la de un niño de la zona uno que llegó huyendo a los Estados Unidos y destacó como parte del servicio secreto del país más poderoso del mundo. Tocó varias vidas, salvo a varias personas, hizo cosas extremadamente buenas y, como todos, otras que no tanto. Siempre he pensado que es una inspiración y tener la dicha de conocerlo y ser parte de las personas que quiere, es maravilloso. Espero que pueda leer su historia y sentirse orgulloso de ver lo que su vida representa, que esto le de fuerza para luchar contra el cáncer y a mi me de tiempo, para visitarlo, abrazarlo y escuchar más de las historias que todavía no me ha contado. 


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