Existe una vieja fábula de dos cocodrilos. Un cocodrilo anciano que era el mejor cazador de las amazonas y uno que era joven y ambicioso. Un día el joven nadó hasta donde estaba el anciano y le dijo que había escuchado que era el mejor cazador, pidiéndole que le enseñara sus técnicas. El anciano se despertó de su siesta, lo miró de reojo y volvió a dormirse sin decirle nada. El cocodrilo joven se sintió frustrado y rechazado, por lo que fue a cazar un bagre para enseñarle que él podía sin su ayuda. Más tarde el mismo día, el joven regresó con el anciano, quien seguía durmiendo y le presumió su exitosa caza. “Logré atrapar dos bagres hoy, ¿Qué has cazado tú? ¿Nada? Tal vez no eres tan bueno después de todo.” Nuevamente el anciano miró al joven, no dijo nada y volvió a dormirse. El joven cocodrilo se enojó más por no recibir respuesta y fue de nuevo a ver que podía cazar. Después de horas, logró cazar un pajarito y se lo llevó al cocodrilo anciano para demostrar quién era el verdadero cazador. Cuando llegó, justo a la par del cocodrilo, había una cebra muy grande tomando agua cerca su cabeza. A la velocidad de un rayo, el cocodrilo anciano salió del agua, tomó a la cebra en sus fauces y la metió dentro del río. El joven impresionado se acercó a ver cómo el anciano disfrutaba su comida de 500 libras y le dijo, “por favor, dime cómo hiciste eso”. Entre masticadas el cocodrilo anciano finalmente le respondió “no hice nada”

La sociedad ocupada

La humanidad se ha visto sorprendida por la desocupación de los otros desde el principio de los tiempos, a pesar de que en la antigua Roma los reyes eran los que tenían más tiempo de ocio, a partir de la revolución industrial, entre más horas se trabajaba, más exitoso se era. Los salarios eran y en muchas ocasiones siguen siendo, directamente proporcionales a la cantidad de horas que se trabaja, más allá de la productividad. Tenemos culturalmente instaurada la creencia de que necesitamos siempre hacer algo para conseguir resultados, tanto que muchas veces aparentamos estarlo para ser bien vistos. Vivimos en una sociedad enferma de ocupación extrema, no podemos separar estar ocupados de ser exitosos, a pesar de que no significa necesariamente lo mismo. Los famosos workaholics o adictos al trabajo son los modelos a seguir en nuestras industrias, parte del ADN cultural y ellos solo son la punta del iceberg de lo que verdaderamente alberga esta necesidad: el miedo a no tener que hacer nada, a crear por nuestra cuenta, a enfrentarnos a nuestra capacidad de hacer desde cero. ¿Se han dado cuenta como los padres ahora inundan cada día más a sus hijos con actividades extracurriculares para no dejarlos “sin que hacer”? La norma de niños en nuestra Guatemala está en karate, natación, clases de arte, clases de piano y baile, como reflejo de la ansiedad que tenemos los adultos respecto a nuestro famoso “tiempo libre”. Valoramos a los individuos en términos de la ocupación, más allá de la calidad actual del trabajo. Ser ocupado se ha vuelto una cuestión de estatus social, parte del valor de una persona y es allí donde debemos examinar la verdadera pregunta ¿Será nuestra misión de vida siempre estar ocupados o hacer un impacto en este mundo?

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El arte de desocuparnos

Esta parece fácil de responder, pero les aseguro que no es tan fácil de poner en práctica. Buscar el tiempo para no hacer nada es nuestro reto actual, sobre todo cuando las semanas pasan con listas interminables de quehaceres, en donde pareciera que no sobra ni un segundo. Sin embargo, algunas de las compañías más exitosas del mundo como Facebook y Microsoft, fomentan a sus empleados a tomar semanas completas de no hacer nada, semanas de reflexión. No, estas no son semanas de vacaciones, pues tomar vacaciones es sencillo, son semanas en las que se tiene que reflexionar, tiempo en el que no hay nada más que hacer. Curiosamente es en este tiempo en donde se crean las grandes ideas, los grandes conceptos y las nuevas invenciones que no se podrían crear si las personas pasaran todo el tiempo con la cabeza llena del “debo hacer”. Algo que llama la atención, es que algunas de las personas más exitosas del mundo, igualmente se toman el tiempo dentro de sus días para no hacer nada.

Lo divertido es que entre más tiempo tenemos, más estamos convencidos de que nos estamos quedando sin tiempo. Nos llaman la sociedad de la aceleración porque hace 40 años necesitábamos casi 35 horas para hacer los quehaceres del hogar y hoy en día, con toda la tecnología, logramos hacerlos casi en una hora y a pesar de eso, estamos ocupados, ocupados para terminar cualquier cosa, para leer, pintar, cocinar, muy ocupados incluso para poder parar. La tecnología que irónicamente nos da tanto tiempo libre siempre está acompañada por el aumento dramático de los sentimientos de estrés y falta de tiempo. Estar ocupados se ha vuelto una forma de vida e incluso a veces fingimos estarlo para, de alguna manera, quedar “bien con los demás”. 




Tal vez, si volviéramos el “no hacer nada” más una prioridad, podríamos cazar más cebras que bagres como el viejo cocodrilo. Quizás si tomáramos semanas de reflexión, pudiéramos crear las próximas grandes ideas que necesitamos en Guatemala. Se trata de que nos hagamos conscientes y le demos a nuestro cerebro tiempo para descansar, desconectarse y poder empezar nuevamente el proceso creativo que por tantos años hemos nublado; ese impulso generador que nos daba de niños cuando simplemente teníamos una hoja, una plastilina, una pelota y “nada que hacer”. ¿No era allí cuando teníamos las mejores ideas?

y tú ¿Qué piensas?

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